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Los demonios del alma





A veces, los demonios me acechan en la ciudad y, para protegerme, busco el refugio en Tobía, un pequeño pueblo de La Rioja donde hace unos años rehabilitamos un viejo pajar. Entre sus montes les doy el esquinazo y comienzo a sentir emociones que me transportan a la niñez. Después de que amanezca, acudirán, como hacen cada día desde el inicio de la primavera, cientos de abejas, mariposas y otros insectos que libarán el néctar del espliego, la salvia y de las pequeñas flores esparcidas por el campo de alrededor de la casa. No hace muchos días que emprendieron el vuelo las crías de unos colirrojos que habían anidado en un hueco del porche y, ayer, al pasear por la era que rodea el antiguo pajar, descubrimos un nido oculto entra las ramas de un romero. Todavía no hemos podido identificar a sus progenitores que, de puro tímidos, se muestran huidizos. Cuando eclosionen los huevos, sus padres duplicarán el esfuerzo para criarlos. 

Los demonios ya se han desvanecido y aprovecho para salir temprano por los alrededores de Tobía. Tomo una empinada senda con la vista puesta en un hayedo. Los trinos de los pájaros me acompañan en mi lento caminar. La morosidad de mis pasos me permite fijarme en los pequeños detalles. A ambos lados del camino crecen espinos blancos y por el prado se extienden zarzas y tomillos. En algunos endrinos se aprecia un fruto todavía inmaduro y, durante el paseo, no puedo evitar la tentación de rozar la flor de la lavanda con los dedos para que su aroma me persiga. Antes de llegar al hayedo, me sorprende un enebral que se continúa con unas austeras encinas.

En el interior del hayedo me encuentro con numerosos acebos y, mientras me extasío contemplando una vegetación tan variada, mis ensoñaciones me liberan de mis pesares. De vuelta al pueblo se levanta un viento que cimbrea las ramas de los chopos produciendo un refrescante sonido que se une al de las turbulencias de un pequeño arroyo que desciende rápidamente hasta el río. El ruido de mis pisadas se funde con el tintineo de unos cencerros que me alerta de la cercanía de unas vacas. Escucho los balidos de las ovejas y siento que me invade una serena alegría y, al pasar la próxima curva del camino, las observo pastando en una de las laderas.

Como siempre, la naturaleza se manifiesta en todo su esplendor y dentro de mí se renueva la esperanza de que todavía hay tiempo de brindarles un mundo mejor a nuestros hijos.

Eduardo Clavé Arruabarrena

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