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(Tú) Eras ausencia

 

(Tú) Eras ausencia

    No sé qué edad tenía entonces: cuatro años, tal vez cinco. Ya sabía que eras mi madre, aunque todavía no alcanzaba a comprender qué significaba tener una. Tu fotografía, colgada en una pared del vestíbulo, era poco más que el rostro desdibujado de alguien a quien no recordaba.

    A veces, por azar, mis ojos se detenían en aquella foto y una inquietud leve e inexplicable me atravesaba. Temía tu mirada, temía cómo sonaría tu voz; por eso, al cruzar delante de tu imagen, cerraba los párpados y me tapaba los oídos.

    Eras el fantasma que velaba la casa.

    Pero un día llegaron tus amigas. Papá las invitó a pasar y yo me refugié en un rincón desde donde podía observarlas sin que me vieran. Al descubrir tu retrato, se quedaron inmóviles frente a él.

    Una murmuró, casi con ternura:

—¿Recordáis la dulzura de su mirada…?

—Pero qué seria está, parece disgustada —interrumpió otra—. Era tan afable, tan amorosa,...

    Mientras hablaban de ti, papá se fue a la cocina a preparar el café. No sé cuántas eran —se han desvanecido sus facciones—, pero de aquel día me han quedado los colores vivos de sus ropas, el murmullo animado de sus voces, el tintinear de pulseras y collares, y una mezcla de aromas que me resultaban extraños.

    De repente, una pronunció mi nombre. Vi que unos ojos sonrientes se habían posado en mí y, enseguida, todas se volvieron y se acercaron entre risas apresuradas, rodeándome de besos. Hablaban sin parar y, aunque la memoria a veces engaña, algunas de aquellas palabras fueron tan cálidas que aún hoy permanecen.

—Qué feliz era tu madre cuando te tenía en brazos… —dijo una, cuyos labios rojos me parecieron enormes.

—Calmaba tu llanto con solo susurrarte al oído —añadió la del vestido de colores.

    Otra, más reservada, con la voz rota, apenas musitó:

—Te dormías enseguida cuando te cantaba una nana…

    Sin duda dijeron mucho más, pero lo que en mí permanece es la certeza de que aquel día no dejaron de jugar conmigo; su alegría era contagiosa y todavía hoy puedo oír las risas compartidas. Y creo —aunque no lo afirmo del todo— que fue entonces cuando, por primera vez, imaginé cómo habría sido vivir con mi madre.

    Pronto comprendí que a papá no le gustaba que hablaran de ti. Cada vez que pronunciaban tu nombre, desviaba la conversación con cualquier pretexto, dejando tras de sí un silencio incómodo. Aprendí así que no debía preguntar.

    Después, ellas volvieron a llenar la estancia de juegos y risas, como si nada hubiera ocurrido.

    Al marcharse, la casa recuperó una quietud que me resultó extraña, y tu imagen quedó sola en la pared.

***

   

    Sin embargo, papá no siempre se comportaba así y a veces hablaba de ti. Entonces yo guardaba silencio, atento a cada palabra, aunque no alcanzara a comprender su sentido.

    Decía que tenías los ojos más hermosos del mundo, pero que en tu mirada habitaba siempre una sombra de tristeza, como si presintieras que pronto ibas a desaparecer de nuestras vidas. Contaba que tu voz era dulce y armoniosa, y que, al caminar, parecía que flotabas, como si un ángel te sostuviera en el aire.

    Me confesaba que, cuando estabais en la cama, le gustaba deslizar la mano por tu melena y recorrer con los dedos el contorno de tus labios, como si así pudiera retenerlos para siempre en la memoria. También me hablaba del placer de contemplar tu rostro mientras dormías, y juraba que daría la mitad de la vida que aún le quedaba por tenerte cada noche en sus sueños.

    La dicha que yo sentía en esos momentos —en los que se revelaba distinto al padre taciturno y abatido que yo conocía— solo se veía empañada por tu ausencia.

   

    También había ocasiones en las que papá tomaba mi cabeza entre sus manos y la acercaba a la suya. Y a veces, al volverme para mirarlo, veía cómo las lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

—¿Por qué estás triste? —le preguntaba.

—No temas, hijo. Solo tengo una mota en los ojos.

    Pasaron años antes de que entendiera que, con ese gesto, buscaba el aroma de tu cuerpo. Solo cuando papá enfermó gravemente y pronunció tu nombre en sus delirios comprendí cuánto te amaba.

   

    Una mañana lo encontré contemplando tu retrato en silencio. Al notar mi presencia, murmuró:

—Nunca la llamaste mamá. Ella nos dejó antes de que tú aprendieras a hablar…

    Aunque las pronunciara sin la menor intención de hacerme daño, sus palabras me hirieron en lo más hondo. No dije nada y regresé a mi habitación, donde me acurruqué abrazado a mi osito de peluche. Allí, mientras secaba las lágrimas, me invadió un doloroso sentimiento de culpa. Cuando papá se marchó, fui al recibidor con el corazón encogido y frente a tu imagen silenciosa, te pedí perdón.

***

   

    Hubo un tiempo en el que fantaseaba con correr delante de ti y dejarme caer al suelo, esperando a que pronunciaras —con esa voz dulce que decía papá— «Sana, sana, colita de rana; si no sanas hoy, sanarás mañana».

    También imaginaba que, si una pesadilla me despertaba en mitad de la noche, acudirías al oír mis gritos y me dirías: «No tengas miedo, hijo mío. Ya pasó todo. Mamá está a tu lado».

    Incluso me inventaba alguna escena en la que me reprendías: «Levántate de la cama, que vas a llegar tarde a la escuela».

    Sabes, mamá, yo envidiaba a mis amigos porque tenían una madre que les daba paracetamol cuando tenían fiebre o les contaba cuentos antes de dormir. Te necesitaba tanto que te buscaba en cada gesto de las muchachas que me cuidaban mientras papá trabajaba, y también en los cuerpos de aquellas mujeres que, de vez en cuando, lo acompañaban —unas cálidas, otras distantes—, pero que nunca se quedaban a vivir con nosotros.

    Pero, en lo más profundo, lo que más deseaba era que te sintieras orgullosa de mí…

 

    A veces merodeaba por vuestro dormitorio intentando rescatar algún vestigio de tu vida conmigo. Revolvía armarios, mesillas y cualquier rincón donde pudiera rastrear algo de ti; incluso repasaba paredes y suelos con la esperanza de descubrir alguna huella olvidada. Así fue como encontré un dedal y unos pendientes sueltos que te habían pertenecido.

    Pasé muchos días explorando ese territorio desconocido hasta que hallé una de las cartas que le habías escrito a papá. Yo aún no sabía leer, pero reconocí la huella de tus labios al final del texto. Al verla en mis manos, me la arrebató enojado y gritó:

—¡Jamás vuelvas a entrar aquí!

    Al poco rato me presenté ante él, con los ojos enrojecidos de tanto llorar, y le dije:

—¡Ya no te quiero! ¡Me voy a vivir con mi mamá!

    Su rostro se suavizó al instante y respondió:

—No es necesario que vayas a ningún sitio; mamá se pasea en tus sueños y solo tienes que dormir para encontrarla.

    Aquella noche me acosté con la esperanza de verte, pero solo soñé con rostros ajenos, indiferentes, de mirada vacía.

    Ahora que papá no está, y ya no queda nadie que te conociera como él, me arrepiento de no haber insistido más. Lamento no haberle preguntado por cada pequeño detalle, por todo aquello que me hubiera ayudado a imaginar la madre que pudiste llegar a ser. Me duele saber que la breve historia que compartimos se desvaneció para siempre con su muerte. Nunca podré rescatar nada de aquel pasado, un pasado que, sin embargo, fue tan decisivo para mí.

***

   

    Sin darme cuenta, un día dejé de pensar en ti. Iba a la escuela, salía con los amigos y, al regresar, me refugiaba en mi habitación sin fijarme en tu retrato.

    Papá, por su parte, salía antes del amanecer y volvía ya entrada la noche. Luego se encerraba en su habitación y apenas nos cruzábamos. Cuando coincidíamos en la cocina o el comedor, solía guardar silencio, absorto en sus pensamientos. Parecía un hombre alejado no solo de mí, sino de la vida misma.

    Yo me sentía solo; anhelaba su compañía, pero no lograba evitar la sensación de ser un estorbo. Además, me asaltaba el miedo de que pudiera enfermar y morir, como había ocurrido con mamá.

    Para mí, aquella fue una época triste y extraña. Me sentía asediado por pensamientos dolorosos e imposibles de expresar. Todo me resultaba absurdo, desprovisto de sentido.

    El vacío y la soledad me sumieron en un estado de profunda apatía: pasaba las horas tendido en la cama, mirando el techo de mi cuarto, mientras el tiempo avanzaba con una lentitud insoportable. Estaba tan perdido que incluso llegué a pensar en desaparecer.

    Aún no sé cómo ocurrió, pero en el dibujo encontré un espacio donde sentirme a salvo. Las figuras y los paisajes que trazaba se convirtieron en las puertas y ventanas que necesitaba mi espíritu. El mundo no había cambiado —seguía siendo un sinsentido—, pero cuando pintaba me resultaba menos hostil, más atento a mis inquietudes y a lo que sentía.

    Cuanto más tiempo pasaba, más nos recluíamos en nosotros mismos. Poco a poco, la distancia entre papá y yo se fue agrandando, hasta que nos convertimos en dos auténticos desconocidos.

***

   

    No mucho tiempo después, tuve una revelación. Mientras dibujaba, presentí que tu espíritu guiaba mi mano; a través de la pintura era como si conversaras conmigo. Papá solía decir que nunca te habías alejado de nuestro lado, pero fue entonces cuando comprendí que realmente habitabas en mí.

    Te sentía desde las primeras luces del alba y al caer la tarde, cuando la brisa me acariciaba el rostro, te sonreía con la certeza de que nada podría separarnos. Llegué a pensar que no era yo quien había heredado los rasgos de tu rostro —ese parecido que tus amigas reconocían al verme—, sino que, en realidad, eras tú quien intentaba escapar de tu trágico encierro a través de mí.

    A veces me rebelaba y trazaba líneas sin rumbo, pero al final reconocía mi terquedad. Entonces, aunque no consiguiera atrapar con el lápiz o los pinceles la plenitud de la belleza, la obra se desprendía de toda falsedad y revelaba al ser auténtico que compartíamos.

    Durante el día, entre bocetos, barnices y aceites, te hablaba de poesía, de canciones, y también te confiaba mis inquietudes. Por la noche, mientras las telas se secaban, te pedía —como en un rezo— que velaras mi sueño.

    Tu presencia me sostuvo en esa etapa tan difícil. Luego, la vida me envolvió en su rutina y el olvido regresó.

***

   

    Aunque quisiera afirmar que estos años de amnesia han sido plenos, lo cierto es que nada importante había sucedido en mi vida hasta la muerte de papá en el hospital. Cancelé el viaje de empresa en cuanto la trabajadora social me avisó de su ingreso; ya ni siquiera recordaba nuestra última conversación telefónica.

    Al abrir la puerta de su habitación, me vio y alzó la mano intentando sonreír, pero el gesto se deshizo al instante, convertido en una mueca de dolor. Me impactó verlo tan demacrado, con los ojos hundidos y la barba descuidada. Ese mismo día lo ayudé con el aseo y, cuando le trajeron la comida, lo animé a probar la sopa, que rechazó con un leve gesto. Agotado, permaneció en silencio hasta la noche y no volvió a sonreír.

    Durante su ingreso apenas hablamos. Yo insistía en que comiera, pero era en vano. La mayor parte del tiempo tenía los ojos cerrados y, cuando los abría, parecía ausente.

    No obstante, a veces su rostro parecía echarme en cara mi impaciencia, como si yo solo esperara a que muriese para abandonar el hospital y volver a mi trabajo. Otras veces, sin embargo, sus ojos parecían suplicarme algo que yo no lograba descifrar, y tampoco supe ofrecerle la compasión que tanto necesitaba.

    El tiempo transcurría con lentitud; cada minuto parecía eterno y los silencios solo se rompían con las rutinas del hospital. Aquella quietud, atravesada por el sufrimiento, me llevó a revisar nuestro pasado. Hasta entonces yo le culpaba de casi todo; no quería que me contagiara su amargura. Pero en aquellos días, al escuchar cómo llamaba a mamá en sus delirios y cómo se aferraba a su nombre, fui consciente de cuánto le había marcado su muerte y de cómo su vida había quedado suspendida en torno a esa ausencia. Comprendí, demasiado tarde, el porqué de su existencia triste y solitaria.

    Un amargo sentimiento de culpa se cernió sobre mí —el mismo que me asaltó de niño, aquel día en que lo escuché frente a su retrato— por no haber sabido ver el vacío que lo consumía.

    Pensé también que no todo era culpa mía, pues mi padre apenas había hecho esfuerzos para que yo regresara. Tal vez él mismo vivía bajo el peso de sus remordimientos —encerrado en su dolor— por no haber estado a mi lado cuando más lo necesitaba. En el hospital, debilitado por la enfermedad, es posible que tampoco encontrara el momento ni las palabras para reconciliarnos.

    Los días previos a su muerte, papá tuvo fiebre alta; se agitaba, nombraba a mamá y gritaba que no lo abandonara. Luego quedaba sumido en un letargo en el que parecía no sufrir ni comprender lo que ocurría a su alrededor. A veces se serenaba e incluso tenía breves destellos de lucidez. Yo le hablaba entonces, pero no parecía escucharme. No respondía ni hacía ninguna señal. Sus labios estaban resecos y, a veces, apretaba los puños.

    El último día no tuvo fiebre y permaneció tranquilo. Abrió los ojos y le humedecí los labios. Dijo algo, pero su voz era tan débil que no logré entenderle. Quizá fue algo trivial; quizá alguna preocupación lo atormentaba. Le tomé la mano y le pedí que estuviera tranquilo.

    En la cena se esforzó por tomar una cucharada de puré, pero no pudo y se durmió enseguida. Como en las noches anteriores, me quedé a su lado hasta que el cansancio me venció. Me despertó el ruido de la primera ronda. La enfermera se acercó y, de inmediato, comprendí que algo no estaba bien: papá había fallecido.

    Cuando lo trasladaron al depósito de cadáveres, comprendí que ya nada podía remediarse y lo sentí en lo más profundo. Sabía que su estado era grave, pero nunca imaginé que el final llegaría así: sin saber si en el último momento abrió los ojos, sin haberle tomado la mano, reservándose el último aliento, sin despedida.

    Habría querido decirle cuánto lamentaba haberlo abandonado y confesarle mi arrepentimiento por tantos años de ceguera ante su dolor. Ahora me queman las palabras que no llegué a pronunciar, y será difícil olvidarlas. Pero mantengo la esperanza —o quizá solo sea un deseo— de que, adonde vaya, pueda reencontrarse con mamá.

***

   

    Tras el entierro, regresé a la casa donde había vivido tantos años con papá. El interior despedía un olor desagradable y el aire resultaba frío, casi amenazador. Contemplé, apesadumbrado, las marcas descoloridas de los cuadros ausentes, la alfombra deshilachada de la sala y algunos muebles desvencijados que pronto acabarían en el contenedor de basura.

    De pronto me faltó el aire. Me asaltó la imagen de mi padre enfermo, envejecido, desaliñado, atrapado en un lugar donde el abandono había tomado posesión de cada rincón. Abrí la ventana y me apoyé en el alféizar. Mientras recobraba la calma, comprendí que la muerte había ido tejiendo, con calculada paciencia, una devastadora red de telarañas en torno a su vida.

    Después, mientras revisaba las habitaciones con la idea de ir retirando los objetos viejos e inservibles, me topé con tu retrato. Estaba cubierto de mugre sobre la cómoda, como si la costra de polvo y suciedad quisiera sumarse a aquella ceremonia de ruinas y olvidos. Conmovido, me senté en la cama de papá y lo limpié; tras las grietas del cristal apareció el rostro de una mujer bastante más joven que yo.

    En ese momento una extraña sensación de irrealidad se apoderó de mí. Pensé que tal vez mis recuerdos no eran más que el pensamiento mágico de un niño, los sueños de un adolescente cautivo de un letargo inducido. Quizá aferrarme a algo inexistente había sido mi única manera de escapar de aquel pasado doloroso e insoportable.

    Envuelto en la tristeza, evoqué al joven solitario que pasaba horas muertas en su cuarto dibujando, intentando llenar su vacío hablando al aire con un espectro. Ya me disponía a salir del piso cuando mis ojos se posaron en el rincón donde me cobijaba en la infancia. Recordé al niño que se acurrucaba allí, abrazado a su osito de peluche, y, desconsolado, cerré los ojos y lloré con amargura…

***

    Amanece.

    Antes de levantarme, vuelvo a cerrar los ojos.

    Dicen que, cuando alguien muere, no puede ser reemplazado; podría creerse que ha desaparecido. Yo sé, en cambio, que sigues dentro de mí. Y siento que siempre me has querido, a pesar de tu ausencia.

    Unas lágrimas silenciosas recorren mis mejillas, que no nacen de la tristeza. Sé que el mundo es hermoso, incluso en su aparente sinsentido; que el dolor, aunque inevitable, puede ser atravesado; que es posible vivir sin convertir el sufrimiento en destino.

    Puedo abrir puertas y ventanas que dejen entrar un aire fresco. Y en ese aire hay esperanza, porque en lo más hondo de mí continúa latiendo tu espíritu, mamá.

 

Autor del texto: Eduardo Clavé Arruabarrena, médico especialista en Medicina Interna, jubilado, Experto en Bioética.

Autor de la ilustración: Omar Clavé Correas

Blog: creciendoconKilian.blogspot.com

Nota del autor: La revisión estilística de algunos párrafos de este texto contó con el apoyo de una herramienta de inteligencia artificial (ChatGPT, OPenAI)

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