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RETALES DE LA INFANCIA (1)

 


RETALES DE LA INFANCIA

Mi madre contaba que con el traqueteo del tren le entraban ganas de dormir. Yo no lo podía comprender, puesto que, desde que tenía memoria, viajar en el ferrocarril era una experiencia maravillosa para mí. Por las ventanillas podía ver a las vacas pastando en los prados y caseríos dispersos por el monte. A veces, por las afueras de alguno de los pueblos por los que cruzaba, se podían contemplar grupos de obreros que, con la cabeza gacha y el rostro serio, se dirigían a la entrada de una fábrica. Es cierto que no siempre era agradable. En ocasiones, un olor pestilente se apoderaba de todo el vagón, pero incluso en esos momentos se creaba un clima jocoso que me divertía. Siempre había alguno que acusaba a otro de haber expulsado una flatulencia. Finalmente alguien comentaba que era el precio que debía pagarse por el progreso y que el olor emanaba de los residuos que flotaban en el río procedente de las Fábricas Papeleras. Lo que yo sí puedo asegurar es que ni el traqueteo del tren, ni el runrún de las conversaciones, ni los olores más desagradables, impedían mi disfrute y, desde luego, no me daban sueño.

Con el correr de los años, aprendí el nombre de todas las estaciones que había hasta llegar a mi destino. Partíamos temprano de Rentería y parábamos en distintos pueblos que yo iba recitando en voz alta: Pasajes, (…), Alegría de Oria, Icazteguieta, Legorreta, Isasondo y, por último, Villafranca de Oria. En la actualidad los nombres de estos pueblos han cambiado, se han euskaldunizado, pero las denominaciones anteriores siguen emocionándome, me transportan a la infancia, a un universo rodeado de nostalgia. Allí, en Villafranca de Oria, frente a la estación, estaba el bar de mis abuelos provisto de cientos de esquinas, rincones y oquedades, donde podía esconderme durante horas sin que mis padres me descubrieran.

En Villafranca vivían también los hermanos y hermanas de mi madre y, cuando llegábamos, todos se reunían con mis abuelos en torno a la cocina del bar. Yo aprovechaba ese momento para jugar con mi primo por los alrededores de la estación. Subíamos a los vagones de mercancías que estaban varados e imaginábamos viajes maravillosos; luego corríamos de un lado para otro y hacíamos equilibrios sobre las vías auxiliares. Jugábamos horas enteras sin que nadie nos molestara. Así debía ser el paraíso, pensaba yo.

Una mañana, no recuerdo bien la edad que tendría entonces, algo turbó mis sentidos. Me encontraba retozando entre las vías cuando, de pronto, noté que el aire se impregnaba de un aroma agradable y dulzón. Le pregunté a mi primo de dónde provenía aquel olor tan irresistible. Él, sin dejar de correr y saltar, me contestó que de un horno donde se fabricaban rosquillas. Yo desconocía entonces qué era una rosquilla, pero no me atreví a preguntárselo, no quería que se riera de mi ignorancia. Así que continuamos jugando entre los raíles hasta que llegó la hora de comer. Exhaustos y hambrientos, regresamos al bar. Mientras nos dirigíamos a la cocina, la respuesta de mi primo no se me iba de la cabeza: ¿qué diantres sería una “rosquilla”?

En mi memoria, las horas de las comidas eran un verdadero suplicio. Comía muy poco y no había ningún alimento nuevo que yo quisiera catar. Mi madre no sabía ya qué más hacer conmigo, siempre se mostraba preocupada por mi salud. Recuerdo que aquel día tomé un par de cucharadas del puré de verduras y, luego, me negué rotundamente a probar el pescado. Mi madre se enfadó y yo empecé a temer por el castigo que se avecinaba. Entonces, sin que nadie lo advirtiera, se acercó mi primo y, susurrándome al oído, me indicó que hiciera lo posible por comer pues había descubierto el postre que estaba oculto en la alacena. Había visto muchas rosquillas, me dijo.

¡Por fin!, exclamé para mis adentros, finalmente iba a descubrir qué era aquel palabro que me había desazonado toda la mañana. Venciendo al asco fui comiendo el pescado que tenía en el plato hasta terminarlo. Mientras mi madre seguía hablando con sus hermanas de sus cosas, se levantó mi abuela y se dirigió al armario de la cocina. Abrió la puerta lentamente y, de nuevo, me envolvió el aroma que me había cautivado por la mañana. Luego tomó en sus manos una fuente de cristal repleta de roscas doradas y la depositó en la mesa. Vi que todos mis primos se abalanzaban sobre ellas y yo no quise quedarme atrás. Alcancé una y mis dedos se pringaron al cogerla. Tenía una consistencia firme y su aspecto no me pareció atractivo. Pero el olor era francamente delicioso y, vencido por la curiosidad, la llevé a la boca. Al morderla, me sentí subyugado por el sabor de una masa dulce y untuosa que se deshacía en mi paladar. Nunca había probado un alimento tan exquisito. Me sentí extasiado y, en ese instante, creí firmemente que los ángeles del cielo habían escuchado los ruegos de mi madre proporcionándole un manjar que podría reconciliarme con las comidas. No recuerdo cuántas rosquillas comí aquel día, pero sé que, desde entonces, mi primo, el tren y las rosquillas de Villafranca de Oria conforman unos de los retales más bellos de mi infancia añorada.

Eduardo Clavé Arruabarrena









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