MAIDER
Aquel día llamó Maider por teléfono, la hija mayor de mi prima. Quería hablar conmigo de las voluntades anticipadas, también devolverme el libro «Eluana»[1], que yo le había dejado para que se formara una idea del testamento vital.
Esa misma tarde se presentó en casa con una botella de vino, otra de aceite y un ramo de flores.
– Gracias, Maider. No deberías haberte molestado.
Nos sentamos en la sala y, tras un breve repaso del estado de nuestras respectivas familias, me dijo:
– Mira, Eduardo, hasta ahora no veía la ocasión de realizar un documento de voluntades anticipadas, pero han sucedido una serie de acontecimientos que han propiciado que ese momento llegue.
La conocía desde que era una cría. Siempre que la volvía a ver –ya fuese en una fiesta familiar o en una de mis visitas a la casa de mi tía Ignacia, su amoña[2]– tenía la sensación de encontrarme con una persona distinta; sin que yo lo hubiera advertido aquella niña había finalizado los estudios y se había convertido en una mujer con tres hijos. Sabía que la habían diagnosticado de un cáncer de mama en su último embarazo y que, pasados unos meses, nació una bebé preciosa; de aquello habían transcurrido casi diez años…
– El último tratamiento que me han administrado para el cáncer no ha resultado eficaz, la enfermedad ha empeorado. Me han propuesto un tratamiento de «uso compasivo»[3] que se está administrando en Estados Unidos y que está pendiente de aprobación. Me han explicado también que es posible que mi hígado no pueda tolerarlo.
Me sorprendió su entereza, la firmeza con la que exponía sus pensamientos. Por sus palabras imaginé que podría tener alguna metástasis hepática.
– Me encuentro bien, pero necesito atar cabos, dejar el mínimo de cosas al azar, a la incertidumbre. He hablado detenidamente este fin de semana con mi pareja, hemos repasado la etapa de la enfermedad en la que me encuentro y los pasos que quiero dar.
Le hice un gesto para que se detuviera y le pedí que me hiciera un resumen de su proceso.
– Me diagnosticaron de cáncer de mama cuando estaba embarazada de trece semanas y me propusieron abortar para realizar un tratamiento completo.
Hizo una breve pausa e inspiró profundamente; luego continuó.
– El cáncer llegó a mi vida como un huracán y lo puso todo patas arriba. Estaba embarazada, feliz y, de repente, todo se volvió negro. Me costó afrontar el diagnóstico de cáncer, pero lo logré. Para lo que no estaba preparada era para abortar.
Era consciente de que no le debía resultar
fácil contarme cosas tan íntimas. Al fin y al cabo, yo no era el médico que la
atendía ni tampoco su amigo. Deduje que había acudido por mi experiencia en la
atención a enfermos en las fases finales de la vida.
–
¿Quieres tomar un café, una infusión,…? –le
pregunté.
Negó con la cabeza y prosiguió:
–
Todo se volvió negro hasta el día en el que el doctor
R. me aseguró en su consulta que podía seguir con el embarazo. Me explicó que
el tratamiento se podría realizar en dos fases –pre y postparto– y que yo no
perdería opciones si continuaba embarazada. También me informó de que tenía la
alternativa de abortar, que eso evitaría la mastectomía, que, en cualquier
caso, era yo quién debía decidir.
Con el rostro tranquilo, sereno, me dijo:
–
Y no tuve absolutamente ninguna duda. Se me abrió el
cielo. Salí feliz de aquella consulta; del negro, casi al blanco, gris, pero yo
con mi criatura –aún no sabía el sexo del bebé–. Pienso que lo difícil hubiera
sido vivir habiendo abortado; en los días previos ni siquiera era capaz de
ponerme en esa situación, hubiera sido infinitamente más duro.
Maider mostraba retales de su alma que conmovían las
fibras más profundas de mi ser. Me sentí agradecido por la confianza que
depositaba en mí.
–
Después, mis hijos se volvieron mi ancla para seguir
el día a día fuera bueno, malo o regular. Y he podido atenderlos de una manera
que hubiera sido imposible trabajando. Se acabó el comedor escolar; todas las
tardes con la ama[4]
o el aita[5].
Eso también me lo ha dado el cáncer. Es así.
Y mientras Maider seguía abriéndome su corazón, yo
notaba que sus palabras despertaban en mí destellos dolorosos de mi propio
pasado…
–
Tampoco es todo de color de rosa, hay días en los que
el cansancio acaba con mi paciencia y discutimos mucho. Uno de mis objetivos es
alcanzar el «sosegu»[6],
que para mí es algo distinto a la tranquilidad. A lo que me refiero es a conseguir
un estado emocional y espiritual que me permita afrontar las conversaciones que
deberé desarrollar así como las complicadas situaciones que se vayan a generar
de aquí en adelante. Creo que estoy mejorando en este propósito, pero tengo que
esforzarme a diario. También te digo que he conseguido valorar muchísimo los
buenos momentos, como el de la foto que te envié el otro día. ¡Aunque a los
cinco minutos estuviéramos discutiendo de nuevo!
Casi sin pausa, retomó lo que le había
llevado a hablar conmigo.
–
Mi prioridad es el bienestar de mis hijos,
también de mi familia. He visto morir a mi suegro y alguna de las ideas que yo
tenía, acerca de una muerte serena y acompañada de mi gente, se han esfumado.
Se extinguió lentamente y el proceso se acompañó de abundante ruido de
secreciones. La vivencia fue muy dura. Dijeron que él no padecía, pero el
sufrimiento de la familia fue inmenso. Yo no quiero que esto suceda en mi caso.
Me gustaría acabar en el caserío, pero no puedo prever que padezca delirios o
complicaciones que harían sufrir mucho a los míos…
Maider tenía también esta preocupación. Sospechaba que la muerte le rondaba y quería saber cómo podría ser el proceso de morir. Y aunque hablar de la muerte no resulta sencillo cuando a la persona que te diriges la siente próxima, lo hice sin falsedad. Maider ni siquiera pestañeó. Me encontraba frente a una mujer madura, valerosa, resuelta, que deseaba tener el mayor control posible en el final de su vida. Entonces me ofrecí. Le manifesté que, tanto mi esposa –es enfermera– como yo, estaríamos dispuestos a practicarle una sedación cuando ella lo requiriese. Me respondió que esa era la segunda cuestión que deseaba tratar, quería saber si podía contar con nosotros. Supo que nuestra disponibilidad era absoluta.
Es cierto que ese día conversamos sobre el testamento vital y las distintas formas de morir, pero el recuerdo que en mí permanece es lo que hablamos de la voluntad de vivir. Expuse mi convicción de que el coraje y el deseo de vivir eran más poderosos que muchos medicamentos; que realizar el esfuerzo necesario para sobrevivir constituía un buen objetivo, ya que podría participar más tiempo en el desarrollo y la maduración de sus hijos; además, durante ese periodo, tendría la oportunidad de trasmitir la sabiduría que estaba adquiriendo por la experiencia de la enfermedad al resto de su familia y amigos. También le hice comentarios acerca de prácticas no avaladas por la ciencia médica oficial y le propuse acompañarla mediante un grupo de meditación que realizase «envíos de la intención»[7] con el objetivo de que lograra el «sosegu», tan importante para ella. Maider me contó que ya había tenido experiencias similares acompañando a algunas personas y no tuvo ninguna duda, aceptó.
Antes de despedirnos me indicó que tenía la disposición de ánimo necesario para participar en los distintos ensayos experimentales que pudieran realizarse, que se disponía a luchar con toda su alma para seguir viviendo.
Me costó dormir esa noche. Repasaba nuestra conversación, no estaba seguro de haber expresado todo lo que quería decir. Además, lo que estaba viviendo Maider me perturbaba. Me resultaba imposible concebir su hora más oscura, los instantes de pesadumbre infinita y, aunque me había abierto su alma, comprendí que nunca sabría realmente lo que padecía. Era muy consciente de que las emociones y los sentimientos nacen de nuestras propias experiencias y, cada una de ellas, es individual, intransferible. Pese a ello, me sentía próximo a su dolor, solidario con su pesar y buscaba la mejor manera de trasmitirle mi apoyo. Al día siguiente, le escribí un correo electrónico matizando el diálogo que habíamos mantenido e insistiendo en la voluntad de vivir.
Después, bien a través de correos electrónicos, bien a través de los «envíos de la intención», seguimos en contacto algo más de tres años. Durante ese tiempo supe de sus alegrías, también de sus malos momentos. Aunque imaginé que ya lo sabría, hice un énfasis especial en el amor como otro de los pilares básicos de la voluntad de vivir. No hacía falta definir o adornar el amor. Simplemente amar y ser receptiva a él, sin desesperarse. No me equivocaba, el amor en su hogar existía a raudales.
En alguna ocasión hablamos de nuestras propias experiencias vitales, también del proceso de revelarse como una madre docente, una madre coraje, una madre tierna y amorosa. De su marido, Peio, me dijo «es y será mi compañero en este camino, que espero sea larguísimo; saber que mis hijos estarán bien con él cuando yo ya no esté, me da muchísima tranquilidad» Sin embargo, ella era consciente de que la vivencia de su enfermedad se les hacía a veces difícil –sobre todo cuando se sentía cansada o los efectos secundarios de los tratamientos la cercaban–, pero que los dos luchaban por sobreponerse. A pesar de ello, de tanto en tanto se sentían exhaustos y, en esos momentos, recurría a sus hermanas, a sus amigas y, cuando notaba que la cosa se ponía fea, a su psiquiatra.
Maider me confesó que no albergaba dudas de que las personas a quienes queremos siguen con nosotros aunque hayan fallecido. Solía repetir a los niños «que si alguien se iba y cerrabas los ojos, estaba contigo» En una ocasión me escribió «cada vez que hacemos una sesión de envío de la intención, la amoña Ignacia viene hacia mí. La añoro muchísimo. Y la siento cuidándome y abrazándome. Para mí ella fue tan importante… El otro día le pedí que me ayudara a trasmitir el amor como ella lo hacía. Tenía un aura especial». La imagen de mi tía Ignacia era uno de nuestros nexos de unión en los periodos de meditación.
Maider utilizó bien estos tres años, pues mostró a las personas que estábamos a su alrededor cómo lidiar con los peligros que conlleva el hecho de vivir y cómo se puede afrontar la muerte. Cuando las fuerzas la fueron abandonando, se despidió de sus seres más queridos. Los besos, los abrazos, las lágrimas, los sentimientos o las palabras que pronunció ante cada uno de ellos es un terreno íntimo que ni puedo ni debo profanar. Cuando todo estuvo dispuesto, su alma culminó el sosegu que tanto ansiaba y quiso que la ingresaran en el hospital. Allí falleció rodeada del amor de toda su familia.
El cuerpo de Maider ya no está entre nosotros, pero su espíritu sobrevive en cada uno de los que la hemos conocido; personalmente siempre sentí a Maider próxima, aunque estuviera en un lugar distante; fuerte, aunque tuviese momentos de debilidad; valerosa, aunque a veces la invadiera la angustia; amante de sus hijos, de su familia, de sus amigas, a pesar de la enfermedad.
Y sé que su alma envía hálitos de amor a quienes la amaron.
En Amoskategi[8] –el caserío donde creció– reposan sus cenizas desde hace un año.
Donostia, Gipuzkoa, julio de 2025.
Autor del relato: Eduardo Clavé Arruabarrena. Médico especialista en Medicina Interna, Experto en Bioética, jubilado.
Autor de la ilustración “Amoskategi”: Omar Clavé Correas.
Blog: relatoscortosejj.blogspot.com
[1] «Eluana. La libertad y la vida.» Beppino Englaro y Elena Nave. Editorial La Esfera de los Libros, S.L., Madrid, 2009
[2] Palabra en euskera: amoña, abuela
[3] Uso compasivo: se trata de la administración de fármacos o tratamientos que aún no están aprobados –porque están en estado de investigación– a personas con enfermedades graves cuando no existen otras posibilidades terapéuticas.
[4] Palabra en euskera: ama, madre
[5] Palabra en euskera: aita: padre
[6] Palabra en euskera: sosegu: sosiego
[7] Envío de la intención: Un grupo de personas se reúne con el sujeto afectado por la enfermedad –de manera presencial o virtual– y mediante la práctica de la meditación llegan a una conciencia plena y se concentran con un objetivo (en el caso de Maider fue variando a lo largo de los años: sosiego, que los tratamientos fuesen eficaces,…)
[8] Palabra en euskera:Amoskategi, nombre del caserío

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