EL SAPO Juan le rogó que acudiera a su domicilio, debía hablarle de un asunto que no admitía demora. Gabriel colgó el teléfono. No tenía nada que hacer, así que miró el horario de trenes y tomó el único convoy que partía esa noche. Amanecía al llegar a la ciudad. El taxi apenas tardó en dejarle en casa de Juan. Mientras subía las escaleras pensaba en lo extraño que le resultaba todo. Habían sido de la misma cuadrilla, pero nunca habían sido amigos. Juan siempre le había parecido un muchacho ensimismado y misterioso. Se preguntaba qué querría de él después de tantos años. Pulsó el timbre al llegar a su piso. Al rato, escuchó el ruido de la cerradura. Se asomó tras la puerta un señor de porte desaliñado. –¿Está Juan? –le preguntó. El hombre –sorprendido– le respondió: –¡Joder! Gabriel. ¿Es que no sabes quién soy? Estaba irreconocible. El rostro afilado, los ojos hundidos, el pelo ralo y la barba mal rasurada lo hacían parecer un viejo. –Entra, acabo de preparar ca...
TRAVESÍA Me sentí extraño al caminar y empecé a tener náuseas; a duras penas alcancé un banco. Una chica gesticulaba mientras hablaba por el móvil. Algo más lejos, un hombre y una mujer paseaban juntos, aunque parecían distantes entre sí. Se acercó un joven con su perro y preguntó si me encontraba bien. No le hice caso, pero él insistió. Asentí. Quería que me dejara tranquilo. El joven silbó a su perro y se alejó. A mis pies había hojas secas que el viento arrastraba. Asomaba la raíz de un árbol por la grieta de una baldosa rota. Cerca, un grupo de hormigas se afanaba alrededor de un envase de plástico. De pronto, un gorrión se posó en el respaldo. Me observó con descaro; por un instante pensé que reparaba en el sudor de mi rostro. Luego se desplazó por el suelo y picoteó. Lo miré hasta que emprendió el vuelo. Antes era distinto: estaba ella. Entonces el suelo comenzó a girar; q...