EL SAPO Hacía más de diez años que no sabía nada de Juan. Gabriel lo recordaba como un muchacho ensimismado y misterioso con el que, a pesar de haber compartido la misma cuadrilla, nunca había surgido una verdadera amistad. Por eso le sorprendió tanto que lo llamara pidiéndole que acudiera cuanto antes a su casa, pues debía tratar con él un asunto que no admitía demora. Al colgar el teléfono, movido por una mezcla de nostalgia y curiosidad, consultó el horario de trenes y tomó el único convoy que salía esa noche. Amanecía al llegar a la ciudad. Un taxi lo dejó ante el portal. Subió al piso de Juan y llamó. Al abrirse la puerta, a Gabriel le costó reconocerlo: e l rostro demacrado, los ojos hundidos, el cabello ralo y una barba descuidada de varios días le daban un aspecto avejentado. –Entra, Gabriel. Acabo de preparar café. Avanzó con paso lento por el pasillo y lo condujo a la cocina, un lugar pequeño pero acogedor. Al servirle la taza, parte del líquido se derramó sobre l...
TRAVESÍA Me sentí extraño; tenía náuseas. A duras penas alcancé un banco. Un joven con su perro preguntó si me encontraba bien. Asentí. El chico silbó a su perro y se alejó. Una leve brisa arrastraba hojas secas. Algunas hormigas se afanaban alrededor de un envase de plástico. Un gorrión se posó en el respaldo; por un instante pensé que reparaba en el sudor de mi rostro, pero enseguida emprendió el vuelo. El suelo comenzó a girar. –¡Abra los ojos! ¡Saque la lengua! Noté un dolor brusco en el pecho. Intervino otra voz: –No le hagas daño. Abrí los ojos. Dos jóvenes se movían alrededor de la cama; mientras me secaban, se rieron. Trajeron una pequeña grúa. Me sujetaron con cinchas antes de izarme; el correaje olía a orina, quizá a la de otros enfermos. No importaba: lo prefería al eco de sus gemidos. Me dejaron junto a la ventana. Me acordé del día en que subí al último vagón de un tren de cercanías. Ella estaba ...