Boni, el pastor El 1 de noviembre acudí al cementerio, como todos los años, y allí coincidí con mi hermano. Juntos adecentamos el panteón y colocamos unos ramos de flores. Pasamos un buen rato riéndonos de algunas travesuras que nos vinieron a la memoria. Después me echó en cara que llevara tanto tiempo sin venir al pueblo. Traté de excusarme alegando que apenas tenía tiempo, pero, en el fondo, sabía que tenía razón. Antes de despedirnos, me invitó a comer en su casa unas semanas después, el día de Santa Cecilia. Entonces recordé cómo nuestro padre solía pedirle a Boni, el pastor, que sacrificara el mejor recental de su rebaño para que nuestra madre lo cocinara ese día. No pude negarme a la invitación, pero le puse una condición: que me dejara llevar a mí el cordero estofado. Tras abrazarnos, subí al coche y partí hacia la ciudad. & Al llegar a casa, llamé por teléfono al pastor. Su mujer, Matilde, se alegró mucho al oír mi voz. Hacía tiempo que no sabía ...
Aroma de tilo La enfermera cruza la habitación y abre la ventana. Por ella se cuelan el canto de los gorriones y el aroma de los tilos. —No llores, mujer. Tienes un niño precioso —dice. Entre lágrimas, contemplo el rostro que tantas veces imaginé durante el embarazo: sus facciones, sus manos diminutas, la paz con la que duerme. Quisiera detener este momento, hacer que nada cambie. Y recordar aquello que durante mucho tiempo traté de olvidar para comprender mejor a la niña que fui, a la mujer que ahora soy. & Iba a cumplir seis años cuando subí con mi mamá al coche de unos amigos, pero nunca llegamos a nuestro destino. De aquella época solo conservo algunas escenas confusas: el dolor, las enfermeras alrededor de mi cama, la camilla en la que me trasladaban, la mirada ajena que me devolvía el espejo… Pero, sobre todo, echaba de menos a mi mamá. El día que pregunté por ella, mi papá, con el rostro inundado de tristeza, respondió que nos esperab...