(Tú) Eras ausencia No sé qué edad tenía entonces: cuatro años, tal vez cinco. Ya sabía que eras mi madre, aunque todavía no alcanzaba a comprender qué significaba tener una. Tu fotografía, colgada en una pared del vestíbulo, era poco más que el rostro desdibujado de alguien a quien no recordaba. A veces, por azar, mis ojos se detenían en aquella foto y una inquietud leve e inexplicable me atravesaba. Temía tu mirada, temía cómo sonaría tu voz; por eso, al cruzar delante de tu imagen, cerraba los párpados y me tapaba los oídos. Eras el fantasma que velaba la casa. Pero un día llegaron tus amigas. Papá las invitó a pasar y yo me refugié en un rincón desde donde podía observarlas sin que me vieran. Al descubrir tu retrato, se quedaron inmóviles frente a él. Una murmuró, casi con ternura: —¿Recordáis la dulzura de su mirada…? —Pero qué seria está, parece disgustada —inter...
MAIDER Aquel día llamó Maider por teléfono, la hija mayor de mi prima. Quería hablar conmigo de las voluntades anticipadas, también devolverme el libro « Eluana » [1] , que yo le había dejado para que se formara una idea del testamento vital. Esa misma tarde se presentó en casa con una botella de vino, otra de aceite y un ramo de flores. – Gracias, Maider. No deberías haberte molestado. Nos sentamos en la sala y, tras un breve repaso del estado de nuestras respectivas familias, me dijo: – Mira, Eduardo, hasta ahora no veía la ocasión de realizar un documento de voluntades anticipadas, pero han sucedido una serie de acontecimientos que han propiciado que ese momento llegue. La conocía desde que era una cría. Siempre que la volvía a ver –ya fuese en una fiesta familiar o en una de mis visitas a la casa de mi tía Ignacia, su amoña [2] – tenía la sensación de encontrarme con una persona distinta;...