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TRAVESÍA

  TRAVESÍA   Me sentí extraño al caminar y empecé a tener náuseas; a duras penas alcancé un banco. Una chica gesticulaba hablando por el móvil. Algo más lejos, un hombre y una mujer paseaban juntos, aunque parecían distantes entre sí. Se acercó un joven con su perro y preguntó si me encontraba bien. No le hice caso, pero él insistió. Asentí. Quería que me dejara tranquilo. El joven silbó a su perro y se alejó. A mis pies había hojas secas que el viento desplazaba. Asomaba la raíz de un árbol por la grieta de una baldosa rota. Cerca, un grupo de hormigas se afanaba alrededor de un envase de plástico. De pronto, un gorrión se posó en el respaldo. Me observó con descaro; por un instante pensé que reparaba en el sudor de mi rostro. Luego se desplazó por el suelo y comenzó a picotear. Lo seguí con la mirada hasta que emprendió el vuelo. Antes era distinto: estaba ella. Entonces el suelo comenzó a girar; quizá había llegado el momento de la travesía…  ...
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(Tú) Eras ausencia

  (Tú) Eras ausencia     No sé qué edad tenía entonces: cuatro años, tal vez cinco. Ya sabía que eras mi madre, aunque todavía no alcanzaba a comprender qué significaba tener una. Tu fotografía, colgada en una pared del vestíbulo, era poco más que el rostro desdibujado de alguien a quien no recordaba.     A veces, por azar, mis ojos se detenían en aquella foto y una inquietud leve e inexplicable me atravesaba. Temía tu mirada, temía cómo sonaría tu voz; por eso, al cruzar delante de tu imagen, cerraba los párpados y me tapaba los oídos.     Eras el fantasma que velaba la casa.     Pero un día llegaron tus amigas. Papá las invitó a pasar y yo me refugié en un rincón desde donde podía observarlas sin que me vieran. Al descubrir tu retrato, se quedaron inmóviles frente a él.     Una murmuró, casi con ternura: —¿Recordáis la dulzura de su mirada…? —Pero qué seria está, parece disgustada —inter...
  MAIDER Aquel día llamó Maider por teléfono, la hija mayor de mi prima. Quería hablar conmigo de las voluntades anticipadas, también devolverme el libro « Eluana » [1] , que yo le había dejado para que se formara una idea del testamento vital. Esa misma tarde se presentó en casa con una botella de vino, otra de aceite y un ramo de flores. –        Gracias, Maider. No deberías haberte molestado. Nos sentamos en la sala y, tras un breve repaso del estado de nuestras respectivas familias, me dijo: –        Mira, Eduardo, hasta ahora no veía la ocasión de realizar un documento de voluntades anticipadas, pero han sucedido una serie de acontecimientos que han propiciado que ese momento llegue. La conocía desde que era una cría. Siempre que la volvía a ver –ya fuese en una fiesta familiar o en una de mis visitas a la casa de mi tía Ignacia, su amoña [2] – tenía la sensación de encontrarme con una persona distinta;...