Ir al contenido principal

Entradas

El doctor Riera

     EL DOCTOR RIERA Cuando Lara murió, el doctor Riera no pudo contener las lágrimas. La enfermera pronunció unas palabras antes de salir de la habitación, pero él ni siquiera la escuchó. El rostro de la joven conservaba una expresión dulce que, pese a la dureza de su final, nunca había llegado a perder. De camino a casa, trató de mitigar su pena evocándola viva, sonriente, entretenida con aquel juego que siempre llevaba consigo. Se dio cuenta de que, a pesar de haberla atendido durante poco más de un año, apenas sabía nada de ella. Nunca le había preguntado si le gustaban las flores o si alguna vez había paseado por un prado cubierto de amapolas. Ignoraba si disfrutaba de la playa o de la sensación del salitre en los labios. Tampoco sabía si se emocionaba con la música o con el trino de los pájaros, ni si alguna vez había sentido que se le arrebolaban las mejillas al cruzar la mirada con la de algún joven. Recordó el aburrimiento que sentía de niño cuando te...
Entradas recientes

Boni, el pastor

    Boni, el pastor El 1 de noviembre acudí al cementerio, como todos los años, y allí coincidí con mi hermano. Juntos adecentamos el panteón y colocamos unos ramos de flores. Pasamos un buen rato riéndonos de algunas travesuras que nos vinieron a la memoria. Después me echó en cara que llevara tanto tiempo sin venir al pueblo. Traté de excusarme alegando que apenas tenía tiempo, pero, en el fondo, sabía que tenía razón. Antes de despedirnos, me invitó a comer en su casa unas semanas después, el día de Santa Cecilia. Entonces recordé cómo nuestro padre solía pedirle a Boni, el pastor, que sacrificara el mejor recental de su rebaño para que nuestra madre lo cocinara ese día. No pude negarme a la invitación, pero le puse una condición: que me dejara llevar a mí el cordero estofado. Tras abrazarnos, subí al coche y partí hacia la ciudad. & Al llegar a casa, llamé por teléfono al pastor. Su mujer, Matilde, se alegró mucho al oír mi voz. Hacía tiempo que no sabía ...

AROMA DE TILO

      Aroma de tilo La enfermera cruza la habitación y abre la ventana. Por ella se cuelan el canto de los carboneros y el aroma de los tilos.    —No llores, mujer. Tienes un niño precioso —dice. Entre lágrimas, contemplo el rostro que tantas veces imaginé durante el embarazo: sus facciones, sus manos diminutas, la paz con la que duerme. Quisiera detener este momento, hacer que nada cambie. Y recordar aquello que durante mucho tiempo traté de olvidar para comprender mejor a la niña que fui, a la mujer que ahora soy. Iba a cumplir seis años cuando subí con mi mamá al coche de unos amigos, pero nunca llegamos a nuestro destino. De aquella época solo conservo algunas escenas confusas: el dolor, las enfermeras alrededor de mi cama, la camilla en la que me trasladaban, la mirada ajena que me devolvía el espejo… Pero, sobre todo, echaba de menos a mi mamá. El día que pregunté por ella, mi papá, con el rostro inundado de tristeza, respondió que no...