Aroma de tilo La enfermera cruza la habitación y abre la ventana. Por ella se cuelan el canto de los gorriones y el aroma de los tilos. —No llores, mujer. Tienes un niño precioso —dice. Entre lágrimas, contemplo el rostro que tantas veces imaginé durante el embarazo: sus facciones, sus manos diminutas, la paz con la que duerme. Quisiera detener este momento, hacer que nada cambiara y, al mismo tiempo, recordar aquello que durante mucho tiempo traté de olvidar, para comprender mejor a la niña, a la adolescente, a la mujer que ahora soy. Iba a cumplir seis años cuando subí con mi mamá al coche de unos amigos, pero nunca llegamos a nuestro destino. De aquella época solo conservo algunas escenas confusas: enfermeras alrededor de mi cama, la silla de ruedas, la niña desconocida que me devolvía la mirada desde el espejo… Pero, sobre todo, echaba de menos a mi mamá. El día que pregunté por ella, mi papá respondió que nos esperaba en un sitio maravillo...
EL SAPO Hacía más de diez años que no sabía nada de Juan. Gabriel lo recordaba como un muchacho ensimismado y misterioso con el que, a pesar de haber compartido la misma cuadrilla, nunca había surgido una verdadera amistad. Por eso le sorprendió tanto que lo llamara pidiéndole que acudiera cuanto antes a su casa, pues debía tratar con él un asunto que no admitía demora. Al colgar el teléfono, movido por una mezcla de nostalgia y curiosidad, consultó el horario de trenes y tomó el único convoy que salía esa noche. Amanecía al llegar a la ciudad. Un taxi lo dejó ante el portal. Subió al piso de Juan y llamó. Al abrirse la puerta, a Gabriel le costó reconocerlo: e l rostro demacrado, los ojos hundidos, el cabello ralo y una barba descuidada de varios días le daban un aspecto avejentado. –Entra, Gabriel. Acabo de preparar café. Avanzó con paso lento por el pasillo y lo condujo a la cocina, un lugar pequeño pero acogedor. Al servirle la taza, parte del líquido se derramó sobre l...