Aroma de tilo
La enfermera cruza la habitación y abre la ventana. Por ella se cuelan el canto de los gorriones y el aroma de los tilos.
—No llores, mujer. Tienes un niño precioso —dice.
Entre lágrimas, contemplo el rostro que tantas veces imaginé durante el embarazo: sus facciones, sus manos diminutas, la paz con la que duerme. Quisiera detener este momento, hacer que nada cambiara y, al mismo tiempo, recordar aquello que durante mucho tiempo traté de olvidar, para comprender mejor a la niña, a la adolescente, a la mujer que ahora soy.
Iba a cumplir seis años cuando subí con mi mamá al coche de unos amigos, pero nunca llegamos a nuestro destino. De aquella época solo conservo algunas escenas confusas: enfermeras alrededor de mi cama, la silla de ruedas, la niña desconocida que me devolvía la mirada desde el espejo…
Pero, sobre todo, echaba de menos a mi mamá.
El día que pregunté por ella, mi papá respondió que nos esperaba en un sitio maravilloso, rodeado de tilos y cubierto de margaritas. Llorando, le dije que tenía miedo de que él también se fuera a ese sitio y me dejara solita.
Con los años supe que quienes acudieron al lugar del accidente me rescataron de los brazos de mi madre. Ella seguía aferrada a mí, como si hubiera querido protegerme con su abrazo hasta el último instante.
Volví a la escuela y mis amiguitas me recibieron con curiosidad; preguntaban por mi cojera y por qué no podía mover el brazo.
En mi ausencia, se había formado un grupo de baile. Quise formar parte de él. Mis compañeras decían que yo no sabía bailar. Cuando la profesora insistió en que me dejaran participar, ellas prefirieron disolver el grupo. Descubrí entonces que ya nada era como antes. No solo había cambiado yo —pasaba mis recreos aprendiendo a utilizar una sola mano y a caminar sin tropezarme—; también había cambiado la forma en que ellas me miraban.
Todas las tardes las veía marcharse de la mano de sus madres y las envidiaba. Solo en primavera, cuando florecían los tilos, me consolaba pensando que la mía también caminaba a mi lado.
Años más tarde, mientras los tilos impregnaban con su perfume las calles de la ciudad, descubrí sangre en las sábanas de mi cama. Me habría gustado compartir con alguien mi extrañeza y mi temor, pero mi padre apenas tenía tiempo para mí y en casa nadie más me esperaba. Empecé a caminar sin rumbo; compraba ropa, sombras de ojos, cualquier cosa con tal de retrasar la vuelta a casa...
Al terminar los estudios, pensé que todo cambiaría. No me costaba encontrar trabajo, no era muy exigente con el salario, pero tarde o temprano encontraban un motivo para prescindir de mí.
Me preguntaba si sería siempre así.
Hasta que una tarde reparé en él.
Estaba junto a un viejo tilo y sentí el impulso de acercarme. Al verme, sonrió y, apoyando la cabeza en el árbol, dijo:
—De niño, jugaba aquí con mi madre. Ahora que no está, vengo cada año para aspirar este aroma que tanto me recuerda a ella.
Me senté a su lado, charlamos y, cuando llegó el silencio, acarició mi cabello con delicadeza…
Ningún hombre me había tratado así. Quedamos al día siguiente para tomar un café. Luego vinieron más cafés.
Mientras te sostengo en mi regazo, respiro el aroma de tu cabecita y el perfume de los tilos.
Y siento que el abrazo de mi madre ha llegado hasta ti.
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