EL SAPO
Hacía más de diez años que no sabía nada de Juan. Gabriel lo recordaba como un muchacho ensimismado y misterioso con el que, a pesar de haber compartido la misma cuadrilla, nunca había surgido una verdadera amistad. Por eso le sorprendió tanto que lo llamara pidiéndole que acudiera cuanto antes a su casa, pues debía tratar con él un asunto que no admitía demora. Al colgar el teléfono, movido por una mezcla de nostalgia y curiosidad, consultó el horario de trenes y tomó el único convoy que salía esa noche.
Amanecía al llegar a la ciudad. Un taxi lo dejó ante el portal. Subió al piso de Juan y llamó. Al abrirse la puerta, a Gabriel le costó reconocerlo: el rostro demacrado, los ojos hundidos, el cabello ralo y una barba descuidada de varios días le daban un aspecto avejentado.
–Entra, Gabriel. Acabo de preparar café.
Avanzó con paso lento por el pasillo y lo condujo a la cocina, un lugar pequeño pero acogedor. Al servirle la taza, parte del líquido se derramó sobre la mesa. Tras un silencio incómodo, Juan preguntó:
–¿Te acuerdas del día que fuimos a las minas a recoger galena para la clase de ciencias?
Gabriel negó con la cabeza.
–Tendríamos unos quince años –continuó Juan–, y encontramos un sapo por el camino. Dani tuvo la idea de practicarle una vivisección; decía que así podríamos observar directamente los latidos del corazón. El sapo, al sentir el filo de la navaja sobre la piel, se hinchó como un globo. Sus ojos saltones nos miraban fijamente. Entonces cogiste una vara del suelo y lo golpeaste repetidas veces hasta matarlo. Recuerdo el alivio que sentí cuando lo hiciste.
Juan hizo una pausa y dijo con la voz quebrada:
–Estoy muy enfermo, Gabriel. No quiero convertirme en un guiñapo, en alguien a quien tengan que darle la comida en la boca y limpiarle el trasero.
Lo condujo a su dormitorio y le mostró un vaso con un líquido turbio sobre la mesilla.
–He dispuesto todo lo necesario para quitarme la vida. Mañana, cuando venga mi asistente, me encontrará muerto en la cama.
Gabriel lo miraba atónito.
–Necesito tener la certeza de que, si por un maldito azar del destino sobrevivo, acabarás con mi existencia.
Se tomó el brebaje de un trago antes de que Gabriel pudiera reaccionar. Después se tumbó en la cama y murmuró:
–Dame la mano, por favor...
Gabriel quiso irse; sin embargo, algo le impedía abandonarlo y permaneció junto a él. La respiración de Juan se fue haciendo más lenta y comenzó a oírse un gorgoteo de flemas que no lograba expulsar.
Gabriel tomó la almohada, la colocó sobre el rostro de Juan y presionó con fuerza. Cuando la retiró, comprobó que ya estaba muerto.
Al salir del piso de Juan, ya había anochecido.
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