EL SAPO
Juan le rogó que acudiera a su domicilio, debía hablarle de un asunto que no admitía demora. Gabriel colgó el teléfono. No tenía nada que hacer, así que miró el horario de trenes y tomó el único convoy que partía esa noche.
Amanecía al llegar a la ciudad. El taxi apenas tardó en dejarle en casa de Juan. Mientras subía las escaleras pensaba en lo extraño que le resultaba todo. Habían sido de la misma cuadrilla, pero nunca habían sido amigos. Juan siempre le había parecido un muchacho ensimismado y misterioso. Se preguntaba qué querría de él después de tantos años.
Pulsó el timbre al llegar a su piso. Al rato, escuchó el ruido de la cerradura. Se asomó tras la puerta un señor de porte desaliñado.
–¿Está Juan? –le preguntó.
El hombre –sorprendido– le respondió:
–¡Joder! Gabriel. ¿Es que no sabes quién soy?
Estaba irreconocible. El rostro afilado, los ojos hundidos, el pelo ralo y la barba mal rasurada lo hacían parecer un viejo.
–Entra, acabo de preparar café –le dijo.
Juan avanzó lentamente por el pasillo y lo condujo a la cocina. El lugar era pequeño, pero acogedor. Juan le sirvió una taza y no pudo evitar que una parte del líquido se derramase.
Tras un silencio incómodo, Gabriel se interesó por su trabajo.
–¡Al descubrir que estaba enfermo, me despidieron! –exclamó Juan.
Después de una breve pausa, Juan le preguntó:
–¿Te acuerdas del día que fuimos a las minas con la intención de recoger galena para la clase de ciencias?
Gabriel negó con la cabeza.
–Entonces tendríamos unos quince años –continuó Juan– y encontramos un sapo por el camino. Dani tuvo la idea de practicarle una vivisección, decía que así «podríamos observar directamente los latidos del corazón». El sapo, al sentir el contacto del filo de la navaja sobre la piel, se hinchó como un globo…
Gabriel guardó silencio.
…Sus ojos saltones nos miraban implorantes. El animal ni tan siquiera croaba. Entonces cogiste una vara y, con los ojos inundados de lágrimas, lo golpeaste repetidas veces hasta matarlo. Recuerdo el alivio que sentí…
Juan se sirvió un vaso de agua. Con la voz entrecortada por el llanto dijo:
…Nunca he querido estar solo y no quiero acabar siendo un espantajo, alguien a quien le den la comida a la boca y le limpien el trasero…
–No sé por qué me has llamado…
Juan bebió un sorbo y dijo:
–Quiero que me ayudes a morir.
Gabriel sintió que un nudo le atenazaba la garganta.
Juan le agarró del brazo y lo llevó a su dormitorio; le mostró el brebaje que tenía sobre la mesilla.
–He dispuesto de todo lo necesario para quitarme la vida. El lunes, cuando venga mi asistente, me encontrará muerto en la cama.
Luego dijo:
–Necesito tener la seguridad de que si por un maldito azar del destino sobrevivo, tú lo impidas y acabes con mi existencia.
Acto seguido Juan se tomó la pócima sin que Gabriel pudiera hacer nada por evitarlo. Después se tumbó en el lecho y musitó:
–Temo la soledad… Dame la mano.
Poco después, Juan cayó en un sueño profundo.
Gabriel se maldijo por seguir allí. Quiso irse, al fin y al cabo ya nada le unía a su antiguo compañero; sin embargo, algo le impedía abandonarlo y permaneció junto a él.
Al rato, reparó en que la respiración de Juan era más lenta; lo advirtió al oír el gorgoteo de flemas que no lograba expulsar. Tomó la almohada y la colocó sobre su rostro presionando con fuerza durante unos minutos.
Cuando la retiró, comprobó que ya estaba muerto.
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