EL SAPO Hacía más de diez años que no sabía nada de Juan. Gabriel lo recordaba como un muchacho ensimismado y misterioso con el que, a pesar de haber compartido la misma cuadrilla, nunca había surgido una verdadera amistad. Por eso le sorprendió tanto que lo llamara pidiéndole que acudiera cuanto antes a su casa, pues debía tratar con él un asunto que no admitía demora. Al colgar el teléfono, movido por una mezcla de nostalgia y curiosidad, consultó el horario de trenes y tomó el único convoy que salía esa noche. Amanecía al llegar a la ciudad. Un taxi lo dejó ante el portal. Subió al piso de Juan y llamó. Al abrirse la puerta, a Gabriel le costó reconocerlo: e l rostro demacrado, los ojos hundidos, el cabello ralo y una barba descuidada de varios días le daban un aspecto avejentado. –Entra, Gabriel. Acabo de preparar café. Avanzó con paso lento por el pasillo y lo condujo a la cocina, un lugar pequeño pero acogedor. Al servirle la taza, parte del líquido se derramó sobre l...