TRAVESÍA
Me sentí extraño; tenía náuseas. A duras penas alcancé un banco.
Un joven con su perro preguntó si me encontraba bien. Asentí.
El chico silbó a su perro y se alejó.
Una leve brisa arrastraba hojas secas.
Algunas hormigas se afanaban alrededor de un envase de plástico.
Un gorrión se posó en el respaldo; por un instante pensé que reparaba en el sudor de mi rostro, pero enseguida emprendió el vuelo.
El suelo comenzó a girar.
–¡Abra los ojos! ¡Saque la lengua!
Noté un dolor brusco en el pecho.
Intervino otra voz:
–No le hagas daño.
Abrí los ojos.
Dos jóvenes se movían alrededor de la cama; mientras me secaban, se rieron.
Trajeron una pequeña grúa. Me sujetaron con cinchas antes de izarme; el correaje olía a orina, quizá a la de otros enfermos.
No importaba: lo prefería al eco de sus gemidos.
Me dejaron junto a la ventana.
Me acordé del día en que subí al último vagón de un tren de cercanías. Ella estaba acurrucada en un asiento del fondo. Se cubría la cara con las manos; el hiyab ocultaba su cabello. Dos jóvenes la acosaban. Me encaré con ellos.
Luego miré a Hanan: lloraba. Le ofrecí un pañuelo de papel.
Al llegar a su destino, me permitió acompañarla.
Por el camino, la invité a tomar un té.
Después, hubo más tés.
Solo quedan retales.
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