EL DOCTOR RIERA
Cuando Lara exhaló su último suspiro, el doctor Riera no pudo contener las lágrimas. La enfermera pronunció unas palabras antes de salir de la habitación, pero él ni siquiera la escuchó. El rostro de la joven irradiaba una dulzura que, pese a la dureza de su final, nunca había llegado a perder.
De camino a casa, trató de mitigar su pena evocándola viva, sonriente, entretenida con aquel juego que siempre llevaba consigo. Se dio cuenta de que, a pesar de haberla atendido durante casi un año, apenas sabía nada de ella. Nunca le había preguntado si le gustaban las flores o si alguna vez había paseado por un prado cubierto de amapolas. Ignoraba si disfrutaba de la playa o de la sensación del salitre en los labios. Tampoco sabía si se emocionaba con la música o con el trino de los pájaros, ni si alguna vez había sentido que se le arrebolaban las mejillas al cruzar la mirada con la de algún joven.
Recordó el aburrimiento que sentía de niño cuando tenía que guardar cama por enfermedad. Se preguntó si a Lara le habría ocurrido lo mismo y si aquellos meses de padecimiento se le habrían hecho interminables. Al llegar a casa, se retiró a su dormitorio y se refugió en la cama, desconsolado.
Unos meses después, recibió un sobre que contenía el recordatorio de Lara. Acudió entonces a su memoria el día en que la había conocido. Lo habían llamado de una institución especializada en la atención a jóvenes con enfermedades congénitas y degenerativas. Al entrar, le desconcertó la algarabía reinante y, pese a llevar muchos años atendiendo a enfermos, se sintió intimidado. Algunos recibían sesiones de fisioterapia; a otros les enseñaban a reconocer las letras y a distinguir los colores, trazando líneas sobre folios en blanco o encajando puzles.
El establecimiento disponía de un prado ajardinado, cercado por matorrales. Algunos fresnos y tilos, sabiamente distribuidos, dotaban al lugar de una singular belleza. Aquel espacio servía de recreo y de espera entre las distintas sesiones de fisioterapia. Desde su despacho, a menudo oculto tras las cortinas, observaba aquellos cuerpos palpitantes de vida: inquietos como pájaros en primavera; adormecidos a la sombra de un árbol bajo el sol del estío; mustios con la caída de las hojas y el viento otoñal; tiritando con los primeros fríos del invierno. Se alegraba cuando reían, aunque no podía evitar el desasosiego cuando los veía sufrir.
Fijó la mirada en la fotografía. Lara parecía una niña como cualquier otra, de rostro inocente, ajena en aquella imagen a la enfermedad y la discapacidad.
Miró de nuevo por la ventana. Vio cómo reían los jóvenes y una tristeza serena lo envolvió.
Autor del texto: Eduardo Clavé Arruabarrena
Autor de la fotografía: Javier Urrutia

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