Boni, el pastor
El 1 de noviembre acudí al cementerio, como todos los años, y allí coincidí con mi hermano. Juntos adecentamos el panteón y colocamos unos ramos de flores. Pasamos un buen rato riéndonos de algunas travesuras que nos vinieron a la memoria. Después me echó en cara que llevara tanto tiempo sin venir al pueblo.
Traté de excusarme alegando que apenas tenía tiempo, pero, en el fondo, sabía que tenía razón. Antes de despedirnos, me invitó a comer en su casa unas semanas después, el día de Santa Cecilia.
Entonces recordé cómo nuestro padre solía pedirle a Boni, el pastor, que sacrificara el mejor recental de su rebaño para que nuestra madre lo cocinara ese día. No pude negarme a la invitación, pero le puse una condición: que me dejara llevar a mí el cordero estofado.
Tras abrazarnos, subí al coche y partí hacia la ciudad.
&
Al llegar a casa, llamé por teléfono al pastor. Su mujer, Matilde, se alegró mucho al oír mi voz. Hacía tiempo que no sabía nada de mí. Después de ponernos al día, le expliqué el motivo de mi llamada.
—¡Oh, cuánto lo siento! —me respondió—. Mi marido no está en casa. Ha subido al monte con las ovejas y no regresará hasta dentro de un par de días.
En ese mismo instante me vino a la cabeza algo que me rondaba desde hacía varios años: recorrer de nuevo los caminos de mi infancia, que tanto añoraba.
—No te preocupes —le dije—. Mañana tengo el día libre, así que subiré a hablar con él y, de paso, le daré una sorpresa.
Al saberlo, Matilde me advirtió que un ventarrón había derribado algunos árboles y que todavía podían desprenderse algunas ramas o caer algún tronco.
&
Conocía al matrimonio desde que era un chiquillo. Ya entonces me parecían mayores; ahora debían rondar los ochenta años. No tenían hijos, pero recuerdo que los niños siempre éramos bien recibidos en su casa. Solíamos caminar hasta la aldea donde vivían los días en que no teníamos nada mejor que hacer.
Al llegar, llamábamos a la puerta y Matilde, una mujer cariñosa, de cara rechoncha y risueña, nos invitaba a pasar a la cocina, donde nos ofrecía queso o leche de oveja recién ordeñada. Y si no conocía a alguno de los que nos habíamos acercado aquel día, no se quedaba satisfecha hasta averiguar quiénes eran sus padres o sus abuelos.
Luego Boni, un hombre fibroso, de baja estatura y carácter afable, nos enseñaba los corderitos que habían nacido durante aquellas semanas y hacía la vista gorda cuando lanzábamos pequeños guijarros a las gallinas, que huían despavoridas.
Ambos tenían una paciencia infinita con nosotros.
&
Todavía no había amanecido cuando monté en el coche, pertrechado de ropa de abrigo y con un walkie-talkie, ya que en aquella zona del monte no había cobertura para los móviles. Me detuve donde terminaba la pista y me adentré en la espesura del bosque. Sentía la misma emoción que de joven, cuando me aventuraba en solitario por aquellos intrincados senderos en los que resultaba tan fácil perderse. Estaba deseando reencontrarme con mi buen amigo.
Mirase donde mirase, podía comprobar los daños causados por la tormenta. Troncos, ramas de gran tamaño e incluso árboles arrancados de raíz yacían desperdigados por el suelo.
Pese a los estragos del temporal, el paisaje otoñal mantenía intacta su belleza. Las veredas, flanqueadas de helechos, estaban alfombradas de miles de hojas amarillas y ocres, algunas teñidas de rojo. En los claros del bosque se extendían los brezos, que todavía conservaban algunas flores rosadas. Desde allí se podía contemplar cómo cientos de árboles cubrían el monte con sus tonalidades verdes, amarillas y rojas.
Al salir del bosque, avisté pequeños grupos de ovejas que pastaban dispersas por la dehesa. Me extrañó que los perros no hubieran salido a recibirme y, a medida que me acercaba a la cabaña, me invadió un mal presentimiento.
Cuando llegué a los corrales, los perros aparecieron ladrando. Traté de calmarlos, aunque fue inútil: estaban muy inquietos y no paraban de ladrar. De pronto comprendí que, con sus movimientos y sus ladridos, querían conducirme a algún lugar. Los seguí hasta una zona arbolada cercana y me temí lo peor al descubrir el cuerpo de Boni tendido en el suelo, junto a una rama de considerable tamaño que parecía haberlo golpeado.
Tenía restos de sangre seca en la cabeza y presentaba rasguños y magulladuras en el rostro. Comprobé que seguía respirando y sentí un gran alivio. Intentó hablar, pero solo emitió unos sonidos incomprensibles. Tenía la cara y las manos muy frías, así que me quité la pelliza y lo abrigué.
—Tranquilo, Boni, no te muevas —le dije—. Voy a pedir ayuda por radio. Enseguida vendrán a buscarte.
Mientras hablaba con ellos por el transmisor de radio, observé que los perros se habían acercado al pastor. Después de lamerle la cara durante un buen rato, se acomodaron a su alrededor para darle calor. Me pregunté cuánto tiempo llevaría en aquel estado y si todavía estaríamos a tiempo de salvarle la vida.
Durante la espera recordé cómo Boni me había enseñado a reconocer el rastro de los jabalíes y a orientarme en el bosque; a distinguir el trino de las aves y a disfrutar de la sombra en los días de mucho calor; a recoger frutos silvestres y a vadear las torrenteras sin dejarme arrastrar por la fuerza de la corriente. A veces, cuando encontrábamos un lagarto sobre una piedra calentándose al sol, me pedía que lo contemplara en silencio, que no lo molestara y que respetara su reposo.
Solía preguntarme cómo me iba en la escuela. Insistía en que aprovechara la oportunidad de estudiar y me ponía como ejemplo su propia vida: la muerte prematura de sus padres le había impedido estudiar una ingeniería, pues había tenido que ponerse a trabajar cuando todavía era un niño.
No es que se lamentara de que su vida hubiera sido amarga por no haber podido cumplir uno de sus sueños. Muy al contrario, siempre había sabido disfrutar de su trabajo y se consideraba un hombre feliz en el monte, al cuidado de sus ovejas.
Además, siempre tenía una palabra amable tanto para los vecinos como para los forasteros y estaba dispuesto a ayudar a quien lo necesitara, sin pedir nada a cambio. Nunca le oí una mala palabra contra nadie. Incluso cuando alguien lo había ofendido, se esforzaba por comprender los motivos de su comportamiento.
Cuando me sentía desdichado o muy solo, también acudía a él. Boni sabía escucharme y, con palabras sencillas, me ayudaba a comprender mis problemas. Aquel sabio pastor que ahora yacía junto a mí me había iniciado en el conocimiento de la naturaleza y me había preparado para afrontar las dificultades de la vida.
&
Uno de los miembros del equipo de rescate le colocó un suero en uno de los brazos y, tras acomodarlo en el interior del helicóptero, me pidió los datos identificativos del pastor. Luego, el aparato despegó verticalmente y lo seguí con la mirada hasta que desapareció en el cielo.
Me estremecí al pensar que quizá el tiempo de mi viejo amigo se estuviera acabando. Dejé a los perros al cuidado del ganado y me dirigí a la aldea, decidido a ayudar a Matilde en todo lo que necesitara.
Por el camino abracé una haya centenaria y, como si fuera una diosa del bosque, le rogué que protegiera a mi querido pastor. En ese momento se levantó una suave brisa que pareció susurrar su nombre… y unas lágrimas se deslizaron por mi rostro.
Comentarios
Publicar un comentario