Aroma de tilo La enfermera cruza la habitación y abre la ventana. Por ella se cuelan el canto de los gorriones y el aroma de los tilos. —No llores, mujer. Tienes un niño precioso —dice. Entre lágrimas, contemplo el rostro que tantas veces imaginé durante el embarazo: sus facciones, sus manos diminutas, la paz con la que duerme. Quisiera detener este momento, hacer que nada cambiara y, al mismo tiempo, recordar aquello que durante mucho tiempo traté de olvidar, para comprender mejor a la niña, a la adolescente, a la mujer que ahora soy. Iba a cumplir seis años cuando subí con mi mamá al coche de unos amigos, pero nunca llegamos a nuestro destino. De aquella época solo conservo algunas escenas confusas: enfermeras alrededor de mi cama, la silla de ruedas, la niña desconocida que me devolvía la mirada desde el espejo… Pero, sobre todo, echaba de menos a mi mamá. El día que pregunté por ella, mi papá respondió que nos esperaba en un sitio maravillo...