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CONFINAMIENTO -1-





CONFINAMIENTO -1-

He soñado con Alberto Piérola*. En mi sueño, se acercaba sonriente y me dirigía alguna frase amable, que no recuerdo. Le acompañaba otro colega que me resultaba familiar, pero cuya cara no podía identificar. De repente, en el mismo sueño, he recordado que Alberto ya había fallecido y su figura se ha desmoronado y convertido en polvo delante de mí. Su compañero también estaba muerto, pero no se descomponía. Seguía sonriéndome y yo continuaba sin poder reconocerlo. Antes de que pudiera decir nada, me he despertado sobresaltado, anegado de angustia. No he querido abrir los ojos, los he mantenido cerrados. He visto morir a muchas personas, demasiadas, y, siempre, la muerte se ha tornado huidiza a pesar de su presencia. Aunque, tal vez, no era ella sino yo quien la evitaba, quien no podía mirarle a la cara; yo, a quien le resultaba incomprensible su misterio, el que se escurría tras asistir al último suspiro del enfermo.
Minutos después, ya sereno, he querido recordar el sueño; he escrutado dentro de mí y he comprendido que aquel individuo desconocido que caminaba junto a Alberto era yo. Hasta ese momento, no había sido capaz de reparar en ello; disfrazaba la muerte con otra apariencia que, por eso, me resultaba tan familiar. Quizá vuelva a soñar mi muerte y, entonces, es posible que contemple al personaje infestado por la podredumbre y, acaso, se revele mi rostro.
He permanecido inmóvil, acostado en la cama, ensimismado, hasta que una luz tenue ha acariciado mis párpados advirtiendo la alborada. He llevado las manos a mi cara y me he asegurado de que estaba vivo. Me he levantado del lecho y, de pie, he recostado mi frente contra la ventana. Del cristal, emanaba una frialdad que aparentaba la de los cadáveres. El vaho exhalado de mi boca impregnaba la superficie del vidrio y me confirmaba en el universo de los vivos.
Ha amanecido oscuro. En ese momento no llovía, pero el suelo estaba mojado. No hacía frío. Desde mi atalaya, el octavo piso de un edificio de hormigón, he contemplado a los escasos viandantes que atravesaban uno de los pasos cebras de la carretera de acceso a la ciudad. En invierno, despojados los árboles de su vestimenta, son muy visibles los balcones de las casas situadas enfrente. Ahora, que los enormes plátanos de sombra se han engalanado con su frondoso ropaje, las ventanas permanecen ocultas, no se ve a ninguna persona, pareciera que todo se hubiera extinguido; incluso los vehículos que ruedan por el asfalto, apenas se perciben con la vista, advirtiéndose su presencia tan solo por el ruido de sus motores.
He perdido la cuenta exacta del tiempo que llevamos confinados. Desde luego, más de 40 días. Hasta ahora, todos los despertares de este encierro se asemejaban. Sin embargo, algo apenas perceptible insinuaba que esta mañana era diferente. El matraqueo, a veces cansino, de las urracas que han anidado en el abeto situado frente al balcón, sonaba distinto. Diríase que, a lo largo de estos días, habían afinado el graznido, tenían cierto tono musical, resonaba ruidoso y alegre. Me preguntaba si habrían nacido ya los polluelos porque, aunque no los viese, pues las ramas del árbol ocultaban el nido, era patente la algarabía de sus progenitores; tal vez, exteriorizaban su preocupación, pues, a las labores habituales de celo y cuidado de su hogar, ahora se añadirían la obtención de alimentos y la enseñanza por la que se regirá la conducta futura de las pequeñas aves. He dirigido la mirada hacia el nido y he deseado con toda mi alma que pudieran criarlas sanas y fuertes para que, en pocos días, pudiesen emprender el vuelo.
La mañana ha pasado volando. Kilian, mi nieto, progresaba por el suelo del pasillo mediante algo semejante al gateo. A duras penas mantenía el equilibrio y, a veces, se daba de bruces contra el suelo; entonces, lloraba desconsolado hasta que un mimo, una caricia, le hacía olvidar el percance sufrido y volvía a las andadas. Todo es novedoso en su universo. Necesita tocar, asir, saborear, lo que encuentra a su alcance. Después de comer, he salido con él al balcón. El niño se ha entretenido arrancando las flores del geranio, desplazando los tiestos, derramando la tierra. También ha perseguido con su mirada el pecoreo de una abeja por las flores de las jardineras y se ha visto sorprendido por el canto bullicioso de tres gorriones que revoloteaban alrededor del pequeño olivo que tenemos en una de las esquinas de la terraza.
Exhausto, me he amodorrado. En el sopor del sesteo se entrecruzaban imágenes de mi infancia que creía olvidadas. Mecía mi entresueño un grupo de niñas saltando a la cuerda, entonando la canción “¿dónde están las llaves?, Matarile, rile, rile…”. La melodía amortiguaba el alboroto de unos chicos que jugaban a “txurrutaina, media manga, manguetón”**. Inesperadamente, una voz enérgica, reprochando mi falta de celo, me ha obligado a salir del letargo, y he atisbado a mi esposa acercándose al pequeño. Una vez espabilado, me he preguntado si será cierto aquello de que, lo que aprendimos en la infancia nos modela para la vida; dónde se encuentran la alegría y la inocencia. He sentido pena, mis ojos se han tornado vidriosos. Me pesaba saber que una parte de nosotros yace en el olvido, que la memoria se muestra siempre caprichosa y que, en demasiadas ocasiones, solo repara en las pérdidas, en las ausencias.
Mientras mi compañera hacía carantoñas al pequeño, he salido del aturdimiento y me he asomado al balcón. He visto a Asunción, la viuda de quien fue portero de nuestra finca, oteando la calle desde una esquina de su mirador. Su marido, Pompeyo, fue un hombre bondadoso, sencillo, humilde, servicial, que no servil. Le asistí como médico el último periodo de su existencia. Amaba a la vida y se aferró a ella con fuerza, pese al indudable sufrimiento que padecía. Aquellos meses de atención, afianzaron mi relación con él y con su familia. Un año más tarde fallecía la hija de ambos, también de nombre Asunción, víctima de cáncer. Me resulta inimaginable el sufrimiento en soledad de esta mujer de avanzada edad; me he sentido apenado y una lágrima de ternura se ha deslizado por mi rostro.
Luego, me he sentido reconfortado al saber que se puede resistir y abrazar la vida a pesar del desamparo y las ausencias.

*Médico especialista en Medicina Interna. Hospital Donostia. Fallecido el año 2018.
**Nombre que recibía en Rentería (Euskadi) el juego conocido en otros lugares de España con el nombre de: “chorro, morro, pico, tallo, ¿qué?”

Autor: Eduardo Clavé Arruabarrena

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