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TRAVESÍA

  TRAVESÍA   Me sentí extraño; tenía náuseas. A duras penas alcancé un banco. Un joven con su perro preguntó si me encontraba bien. Asentí. El chico silbó a su perro y se alejó. Una leve brisa arrastraba hojas secas. Algunas hormigas se afanaban alrededor de un envase de plástico. Un gorrión se posó en el respaldo; por un instante pensé que reparaba en el sudor de mi rostro, pero enseguida emprendió el vuelo. El suelo comenzó a girar.   –¡Abra los ojos! ¡Saque la lengua! Noté un dolor brusco en el pecho. Intervino otra voz: –No le hagas daño.   Abrí los ojos. Dos jóvenes se movían alrededor de la cama; mientras me secaban, se rieron. Trajeron una pequeña grúa. Me sujetaron con cinchas antes de izarme; el correaje olía a orina, quizá a la de otros enfermos. No importaba: lo prefería al eco de sus gemidos. Me dejaron junto a la ventana.   Me acordé del día en que subí al último vagón de un tren de cercanías. Ella estaba ...

(Tú) Eras ausencia

  (Tú) Eras ausencia     No sé qué edad tenía entonces: cuatro años, tal vez cinco. Ya sabía que eras mi madre, aunque todavía no alcanzaba a comprender qué significaba tener una. Tu fotografía, colgada en una pared del vestíbulo, era poco más que el rostro desdibujado de alguien a quien no recordaba.     A veces, por azar, mis ojos se detenían en aquella foto y una inquietud leve e inexplicable me atravesaba. Temía tu mirada, temía cómo sonaría tu voz; por eso, al cruzar delante de tu imagen, cerraba los párpados y me tapaba los oídos.     Eras el fantasma que velaba la casa.     Pero un día llegaron tus amigas. Papá las invitó a pasar y yo me refugié en un rincón desde donde podía observarlas sin que me vieran. Al descubrir tu retrato, se quedaron inmóviles frente a él.     Una murmuró, casi con ternura: —¿Recordáis la dulzura de su mirada…? —Pero qué seria está, parece disgustada —inter...