TRAVESÍA Me sentí extraño; tenía náuseas. A duras penas alcancé un banco. Un joven con su perro preguntó si me encontraba bien. Asentí. El chico silbó a su perro y se alejó. Una leve brisa arrastraba hojas secas. Algunas hormigas se afanaban alrededor de un envase de plástico. Un gorrión se posó en el respaldo; por un instante pensé que reparaba en el sudor de mi rostro, pero enseguida emprendió el vuelo. El suelo comenzó a girar. –¡Abra los ojos! ¡Saque la lengua! Noté un dolor brusco en el pecho. Intervino otra voz: –No le hagas daño. Abrí los ojos. Dos jóvenes se movían alrededor de la cama; mientras me secaban, se rieron. Trajeron una pequeña grúa. Me sujetaron con cinchas antes de izarme; el correaje olía a orina, quizá a la de otros enfermos. No importaba: lo prefería al eco de sus gemidos. Me dejaron junto a la ventana. Me acordé del día en que subí al último vagón de un tren de cercanías. Ella estaba ...