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CONFINAMIENTO -3-



CONFINAMIENTO – 3-
Ahora que empiezo a sentir el peso de los años, hago mías las palabras de Vergílio Ferreira*: ¿Cuánta gente te ha amado? ¿A cuánta has amado? El afecto es la mejor forma de saber el tamaño de tu vida. Es decir, de saber hasta dónde has existido. ¿Hay otro cálculo para saber si ha valido la pena?
***
El amor ha sido una constante en mi vida. También el dolor. Pero hoy solo quiero escribir de los afectos de mis amigos de la infancia, del amor de la familia y del cariño de los enfermos. Sentimientos que he albergado dentro de mí, pero, sobre todo, que he recibido de manera generosa de los demás. Al evocarlos, siento una alegría serena, la sensación de una vida plena.

Recuerdo, siendo niño, algunos días que, al atravesar el límite umbrío del portal del edificio donde vivía, sentía una brusca caricia en mi rostro -una cálida sensación de viento sur que, posiblemente, no era tal-, acompañado de una luz cegadora y de una ausencia de sonidos que me permitían percibir los latidos de mi corazón; en ese instante, el tiempo parecía enlentecerse y el cuerpo aligerarse, presto a emprender el vuelo sin necesidad de alas. Me poseía una extraña sensación de irrealidad, una alegría desbordante y un enorme deseo de vivir. Aunque pareciera poca cosa, me sentía contento, y necesitado de compartir semejante dicha; entonces, corría a casa de un amigo o marchaba raudo al frontón o al campo de fútbol del colegio. Como todo lo bueno, duraba muy poco; pero, en aquellos segundos, me parecía que tocaba el cielo con la punta de mis dedos. Si alguien me preguntara hoy qué es la felicidad, por toda respuesta le invitaría a viajar conmigo al pasado para que viviese aquella experiencia a mi lado. Era un sentimiento sagrado de comunión con la naturaleza, un tiempo bendito que no he vuelto a sentir desde que crucé el umbral de los doce años. Siempre pensé que así debía ser el paraíso. Años más tarde, pude saborear momentos que podrían calificarse de alegres, risueños, felices, pero ninguno que hubiera podido, ni siquiera aproximarse, a aquella emoción cuya memoria me sigue enterneciendo hasta hacerme saltar las lágrimas de los ojos

Antes de conocer la dulzura del amor y la oscuridad del dolor, crecí en el juego y la amistad. Los baños en el puerto, recorrer el camino de rocas hasta el faro de la bocana de Pasai Donibane evitando el embate de las olas del mar, el asalto al fuerte de San Marcos de Rentería, la búsqueda de minerales en los alrededores de las minas de Arditurri, el ascenso a Peñas de Aia, la pesca de anguilas en el río Oyarzun, chapotear en la orilla del riachuelo bajo el puente peligroso, explorar las cuevas de Landarbaso, pedalear hasta la extenuación por la carretera de Artikutza, enfilar el sendero para subir caminando al monte Jaizkibel y coronar las ruinas de los cinco torreones, disputar un partido de fútbol o jugar sesiones interminables a las canicas o las chapas…, me permitieron forjar amistades infantiles que, más tarde, quedaron desatendidas y relegadas por la distancia y el tiempo, pero que resultaron imprescindibles para el desarrollo de aquel joven adolescente que, todavía hoy, recuerda su primera lectura alejada de los libros de aventuras o de los cómics que leía con fruición: “La vida sale al encuentro”, de José Luis Martín Vigil.

Rescato del olvido mis primeros viajes en ferrocarril, en las frías y oscuras mañanas del invierno de mis catorce años. El tren de cercanías, que partía de Irún, nos acercaba a San Sebastián, a la estación de Atocha. Ateridos de frío, los compañeros de clase nos juntábamos en uno de los rincones del edificio de la estación de Rentería después de sacar el billete en la ventanilla. La recuerdo como una estancia lóbrega, pequeña, con uno o quizá dos bancos de madera alargados, insuficientes para la cantidad de pasajeros que debían subir a los vagones. Una bombilla alumbraba débilmente aquel espacio reducido con una luz amarilla y mortecina. El calor de nuestros cuerpos despedía un vaho que enturbiaba los cristales de las puertas de acceso y salida, así como los de las ventanas del local. A través de la ventanilla de venta de billetes, se podía observar el rostro aburrido del factor de la estación fumando mientras despachaba los tiques. Todo el lugar estaba poseído de un aire melancólico, lánguido, apesadumbrado, que pugnaba por quebrar nuestras esperanzas y nuestra alegría de vivir.

De camino a nuestro destino, yo limpiaba con la palma de mi mano los cristales empañados del vagón y fijaba la mirada en un punto del horizonte; entonces me dejaba mecer por el traqueteo del tren hasta que el chirrido de los frenos al parar el convoy en Pasajes o el apeadero de Herrera me sacaba del ensimismamiento. Por las ventanas, se apreciaba una atmósfera gris, un ambiente enrarecido por la pobreza y el pesar de la miseria. Los pasajeros, que subían o bajaban en las estaciones, estaban imbuidos de la tristeza que embargaba a una parte importante de la población de la década de los sesenta, de la que únicamente los niños parecíamos librarnos. Ya en San Sebastián, cruzábamos la pasarela sobreelevada que daba acceso al barrio de Egia y marchábamos por el camino de Mundaiz, bordeando la Tabacalera y el parque María Cristina, al Colegio del Sagrado Corazón.

Poco duraron los viajes en tren. Como si fuera el aviso de que el progreso también nos alcanzaba, los Hermanos Corazonistas contrataron un autobús que tenía por misión trasladarnos desde nuestro pueblo al colegio y viceversa. De esa época, intento fijar en la memoria a los profesores que me dejaron una profunda huella, y trato de olvidar, aunque no me resulta fácil, a algunos que me causaron un daño intenso. Recuerdo ese periodo, el de mi adolescencia, como una época compleja, difícil, de emociones encontradas, de crisis religiosa, en la que las chicas dejaron de ser un comentario, alejado y gracioso, convirtiéndose en algo distinto, en una realidad en la que una fuerza invencible, una curiosidad insaciable, nos empujaba hacía el misterio del otro sexo. Los amigos notábamos cambios en nuestros cuerpos, pulsiones hasta entonces desconocidas, así como fantasmas relacionados con la moral y el pecado que hacían tambalear nuestras creencias religiosas. También nos ocupaban cuestiones menos trascendentes y no puedo dejar de rememorar, con cierta nostalgia, las chácharas interminables sobre la vida de algunos deportistas, las disquisiciones sobre la luna o las divagaciones acerca de la existencia de vida fuera de nuestro planeta.

Empezaba entonces un largo viaje, una travesía extensa, duradera, que se prolongó desde el final de mi infancia hasta este tiempo de confinamiento, y en el que se han sucedido tantas vivencias. La mayoría de ellas residen en el rincón de la desmemoria. Algunas, pocas, resurgen a veces desteñidas por la pátina del tiempo. Otras, están íntimamente unidas al amor juvenil, a la etapa universitaria, a los cambios sociopolíticos del comienzo de la democracia, al contacto con los pacientes en el trabajo hospitalario, al nacimiento de los hijos, al dolor de la muerte y las ausencias… Pero, en este periodo de encierro, de clausura laica, quiero dejar para más adelante estas etapas de mi vida y acercarme a los últimos meses, a las imágenes que, ahora, sacuden mi mente, atormentándola, señalando lo que no hice bien o lo que pude hacer mejor; mostrando también alguna duda que me desvía por un sendero tortuoso en el que se mezclan la responsabilidad, el arrepentimiento y el amor; en verdad, algunas noches de este largo confinamiento me pregunto si hice todo lo que estuvo en mi mano por mi amiga Lucía y por mi tía Remedios.

Conocí a Lucía al atender a su madre en su domicilio. Mientras Ana, su hermana, me informaba de los pormenores de la situación de su madre, la figura de Lucía se dejaba deslizar tímidamente por la sala. En las sucesivas consultas que realicé, se fue abriendo ante mí un hogar acogedor. En uno u otro momento de la visita, mi mirada se desviaba hacia la imponente librería de la casa; siempre he sentido por los libros y por las bibliotecas una atracción irresistible.

Paulatinamente se fue afianzando mi amistad con sus moradores. A medida que se repetían las visitas, fui conociendo el frágil estado de salud de Lucía. Siendo todavía una mujer joven fue operada de cáncer e irradiada. El tratamiento le salvó la vida, pero le dejó secuelas físicas y morales que frustraron una parte importante de su existencia. Recordaba lo mucho que había sufrido durante el postoperatorio y temía que el dolor se volviera a adueñar de ella. No deseaba pasar por el mismo tormento, quería evitar a toda costa que se repitiera aquel suplicio. Pasado un tiempo, ingresó en el hospital, a mi cargo, al presentar severas dificultades para alimentarse. En aquel momento, logramos que mejorase parcialmente durante algunos meses sin adoptar medidas excepcionales, pero, al final, era incapaz de ingerir ningún alimento por la boca y fue necesario nutrirla por vía parenteral. Una vez dada de alta hospitalaria, yo acudía un día a la semana al domicilio de Lucía; me reunía con ella y, en la soledad de la habitación, me contaba sus dolores, cuitas y pesares; yo trataba de aligerar la angustia que, en ocasiones, la invadía, y aliviar los síntomas que le hacían sufrir. Después, me acompañaba a tomar el té con Ana y con su cuñado Luis. Mientras los demás picoteábamos algún dulce, Lucía me contaba algunos detalles de su profesión -había trabajado en Telefónica- y repasábamos episodios sencillos de nuestra vida. Su rostro sereno, más bien triste, se iluminaba al hablar de sus sobrinas o cuando yo le contaba alguna anécdota de mi nieto.

Soportó la nutrición artificial durante varios meses con dignidad y resignación; pero, pasado ese tiempo, las molestias abdominales se hicieron cada vez más difíciles de tolerar. Tras consultar con diversos especialistas y realizar distintos estudios, se consideró conveniente intervenir quirúrgicamente. Si demorábamos el procedimiento, las posibilidades de complicaciones funestas se multiplicarían. Lucía dudó mucho, tenía miedo. La pandemia por Covid19 era ya una realidad en Gipuzkoa. Temía que no pudiera ser atendida en condiciones, que el servicio de cuidados intensivos del hospital se colapsase, quizá fuese mejor retrasar la operación.

Yo pensaba que teníamos unos servicios sanitarios bien preparados para afrontar la pandemia y la animé a operarse. No medí bien los riesgos que se podían generar, me equivoqué. El procedimiento quirúrgico fue todo un éxito, pero se decretó el estado de alarma sanitaria y todo se fue al traste. Surgieron complicaciones cardíacas y respiratorias y, a pesar de que las pruebas para diagnosticar la infección por coronavirus fueron negativas, se consideró que su situación era sospechosa, de riesgo, y se procedió a su aislamiento. La losa que cayó sobre Lucía fue excesiva. Su espíritu, su voluntad, su fortaleza, que la habían sostenido hasta ese momento, se quebró. Falleció el 27 de marzo. Ni su familia, ni yo, pudimos acompañarla en el tránsito final.

Hoy siento un peso sobre mi conciencia, me siento afligido por la cuota de responsabilidad que me corresponde, por lo que hice, por lo que dejé de hacer. Un sentimiento doloroso me persigue, a pesar de que, estoy seguro, Lucía sigue tendiéndome su mano, reforzando nuestra amistad, allá donde quiera que se encuentre.

Mi tía Remedios era la última superviviente de la generación de la familia de mi madre. Fue la más guapa de las cuatro hermanas, todas ellas hermosas y atractivas. Conservó su belleza hasta la muerte, a la edad de noventa años. Poseía un fantástico sentido del humor y una memoria prodigiosa. Yo la visitaba casi todas las semanas de los últimos años por motivos de salud. Su vitalidad apenas se veía mermada, a pesar del severo deterioro de su organismo. Los años postreros vivió prácticamente recluida en su domicilio, sujeta a un concentrador de oxígeno. Cuando las condiciones climáticas lo permitían, salía a pasear en silla de ruedas acompañada de su hijo Ramón.

Cada día que la visitaba, me recibía con varios besos y algún piropo; lo que no era nada extraño en la familia ya que, tanto ella como el resto de sus hermanas, eran proclives a los abrazos y las alabanzas. Siempre pensé que las mujeres del clan eran las mejores terapeutas que cualquier niño apocado y dubitativo pudiera tener. La visita en su hogar se convertía en una charla divertida. Su humor y su alegría de vivir era capaz de animar a la persona más triste del mundo, tenía gran facilidad para contar chistes y su carcajada era verdaderamente contagiosa. Repasábamos anécdotas familiares, me hacía partícipe de secretos, me descubría acontecimientos de mis padres que yo ignoraba, me trataba como a un hijo.

Disfrutaba cocinando para todos los que la visitaban y siempre tenía preparado un táper con alguna exquisitez para que, Marijose y yo, pudiéramos deleitarnos en nuestra casa. No era extraño encontrarla tejiendo calcetines o chaquetitas de bebé, casi siempre con la televisión puesta. En ocasiones, me hacía partícipe de algún chisme televisivo y, algunas veces, de las preocupaciones de su propia familia. Cuando ella lo creía oportuno, me aconsejaba; yo aceptaba sus opiniones con agrado.

Hace un año, hicimos un repaso familiar. Hice algunas anotaciones en un cuaderno y le grabé la conversación con mi móvil. Me habló de sus abuelos, de sus padres y de sus hermanos. Mencionó algunos recuerdos traumáticos de su niñez: la muerte de su hermano mayor, Benito, y de su hermana María Jesús. De esta última no tenía recuerdos, murió cuando tenía dos años y medio y, entonces, Remedios contaba 8 meses de edad. Tenía solo tres años cuando murió su hermano Benito, lo recordaba ya muerto, yacía sobre una cama cubierta con una colcha amarilla, vestía un traje jaspeado; hizo un énfasis especial en que llevara puestos unos calcetines negros y que tuviera las manos juntas, en el pecho, y en ellas, un crucifijo. También me contó que, con ocho años, vivió la ocupación de Beasain en la guerra civil; calificaba los sucesos que allí acontecieron de ser una auténtica “sarracina”.

En el otoño pasado, Remedios había recibido la vacuna para la gripe como siempre. A pesar de ello, el virus fue capaz de burlar sus defensas y la condujo por una pendiente resbaladiza. Su corazón no pudo resistir por más tiempo los embates de la enfermedad. Falleció el 9 de enero.

Si tuviera que escribir su epitafio, diría que fue una mujer alegre y desprendida; de alma bondadosa. Logró que la vida de todos los que la rodeábamos fuera más sencilla.

¡Querida tía Remedios, descansa en paz!

Autor del texto: Eduardo Clavé Arruabarrena

Fotografía: Antton Elizegi 
*Vergílio Ferreira. “Pensar”. Editorial Acantilado. Diciembre 2006.

Comentarios

  1. Eduardo, guiaste la salud de mi madre con sabia prudencia, pautando con esmero y envidiable profesionalidad. Afinaste las dosis con un sublime equilibrio entre el bien y el mal, queriendo perjudicar lo menos posible a quien muy bien catalogabas como enferma frágil.
    Alimentaste con dulzura y amor el ansiado encuentro semanal, que tu tía Remedios, henchida de felicidad, pregonaba cual rosa de los vientos.
    Tal y como relatas, no sólo de niño supiste percibir los latidos de tu corazón en simbiosis con la naturaleza
    que apreciabas, también percibiste el corazón de mi madre, dándole aquellas alas necesarias para vivir, las mismas que tu no necesitaste por tu enorme deseo de vivir. Gracias por ello.
    La familia valora enormemente la humanidad que demostraste a lo largo de toda la enfermedad de Remedios. Con todo el cariño le decíamos que era una privilegiada.
    Quiero agradecerte este pasaje tan bello que en tus relatos "Confinamiento 3" has querido constatar en homenaje a mi madre. Ha sido muy emotivo para toda la familia.
    Fdo.: Ramón.

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  2. Querido Eduardo.Después de casi 50 años he querido volver a contactar contigo porque ademas de leer tus escritos y formar parte anónima de alguno de ellos , empiezo a notar que miro mas hacia el pasado que hacía el futuro y es que ya nos va quedando menos para acabar nuestra carrera en esta vida. Por ello y dado que no tengo otro medio para contactar contigo, te mando un abrazo emocionado por aquellos alegres momentos de nuestra niñez y juventud que pasamos juntos.

    Desde Lanzarote, un fuerte abrazo amigo.
    Juan Carlos Ruiz

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  3. Querido Juan Carlos. Lo he intentado por otras vías. Espero que por esta pueda contactar contigo.
    Me he acordado en muchas ocasiones de ti y de los momentos que pasamos juntos. Mi conocimiento de informática y de las redes es limitado. Me cuesta saber cómo funcionan.
    La última vez que supe algo de ti fue a través de tus padres. Entonces tu aita me dijo que estaba enfermo (les vi cerca de Niessen) y, de hecho, falleció al poco tiempo. No sé cómo estará tu ama, si vive o ya murió.
    Te envío mi correo para que podamos escribirnos. eduardocla@telefonica.net
    Un fuerte abrazo de tu amigo de infancia y adolescencia. Eduardo Clavé

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